«Este encuentro me ha hecho tanto mal que si lo pienso más termino envenenao. Esta noche me emborracho bien, me mamo bien mamao pa' no pensar...» [E. Santos Discépolo “Esta noche me emborracho”, tango]
—Chupo para olvidar… —dijo sin soltar el vaso ni levantar la vista.
Después de varios días de euforia anticipada, de excitación extrema y de preparativos festivos de toda clase, aquella noche un silencio sepulcral se había adueñado de la ciudad. A pesar del clima cálido y agradable de julio nadie circulaba por las calles, que parecían más frías que lo que en realidad estaban. La sorpresa que horas antes había demolido en pocos minutos los sueños de millones de optimistas de todas las edades y clases sociales, con la caída de la noche había cedido su espacio al desasosiego y la angustia. En todos los barrios la atmósfera era la de una auténtica tragedia.
Solo permanecían abiertos los bares de la avenida frente a la bahía, necesitados quizás de vender al menos una parte de lo que habían previsto hasta el día anterior, cuando todos esperaban un carnaval y nadie -nadie- imaginó lo que luego ocurriría. También allí, en el pequeño bar donde estábamos, reinaba la desazón y ni siquiera el alcohol lograba quebrar el mutismo general.
—Chupo para olvidar, sí… —repitió el desconocido.
Estaba sentado en la barra y me miraba de reojo como respondiendo a una pregunta que nunca hice. Quizás estaba estudiándome, de paso, porque había escuchado mi acento argentino y eso probablemente lo animaba a iniciar un diálogo o a dar alguna explicación. Era un hombre morocho, de unos treinta años, pelo crespo y contextura fibrosa. De cara cuadrada y gesto adusto, aunque con una mirada compungida y apagada, similar a la de los demás parroquianos, que desde las mesas escuchaban atentos pero sin romper su mudez.
—Porque no eran de palo, ¿sabe? Nooooo, qué van a ser de palo, mírelos… Aquí están… —dijo al rato, mirándome a mí pero señalando con el brazo al resto del auditorio. Algunos bajaron la cabeza al sentirse aludidos, otros permanecieron indiferentes -nada parecía conmoverlos- y yo cada vez comprendía menos.
Estaba acostumbrado a escuchar disparates e incongruencias en los mostradores de los bares, generalmente poblados de alcohólicos incurables, pero en las palabras y los gestos de este desconocido me parecía vislumbrar cierto indicio de seriedad y cordura. No era el abatimiento propio del alcohol lo que atormentaba a este hombre joven sino -creí entrever- un dolor de culpa que no provenía del vaso que tenía adelante sino de algo más profundo. Algo tremendo que lo torturaba, algo de lo que se sentía irremediablemente responsable.
—Me cansé de decirles a los muchachos que los de afuera son de palo… Porque era necesario, ¿sabe? Era necesario porque si no… —había dado un paso atrás retirándose un poco del mostrador y ya casi gritaba, pero la voz se le quebró de pronto y casi en un sollozo completó la frase— Si no… nos pasaban por arriba, ¿entiende? Nos pasaban por arriba…
—Entiendo, sí… —respondí bajando la vista porque en realidad no entendía nada y no quería herir sus sentimientos.
—¡Mírelos! ¡Mírelos cómo están! —agregó, ya más recompuesto y apuntando nuevamente hacia las mesas—. Si hubiese sabido que un partido de fútbol era capaz de producir toda esta tristeza, las cosas hubiesen sido diferentes…
El silencio se medía en toneladas, demasiado como para que yo me atreviese a romperlo con una pregunta que, de cualquier manera, iba a ser estúpida.
Percibiendo que yo no era un buen interlocutor y que tampoco compartía su estado de ánimo, el morocho tomó con una mano el vaso y con la otra la botella que el cantinero le acababa de acercar y sin decir más nada se fue sentar a una mesa donde varios cariocas compartían sus silencios y su abatimiento.
Advertido de mi desconcierto, mientras limpiaba con un repasador el sector del mostrador donde el desconocido había estado bebiendo, el cantinero se acercó y me dijo en voz baja:
— Ele é um jogador uruguaio, eles o chamam de Chefe Negro, mas o nome dele é Obdulio… Obdulio Varela. Hoje saíram campeões mundiais. (*)
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(*) Es un jugador uruguayo, lo llaman el Negro Jefe pero su nombre es Obdulio… Obdulio Varela. Hoy salieron campeones del mundo.

14 respuestas
Muy bueno!!!!
Gracias…
Que bien contado Dikie,me encantó
Irene… ¡qué sorpresa encontrarte acá!
Qué bueno que te encantó siendo un relato futbolero…
Muchas gracias; beso enorme para vos.
Exelente ambientacion del relato…estuve en el bar al sumergirme en tu relato
Jajaja… ¿estuviste en el bar? Entonces lo viste a Obdulio…
«El silencio se medía en toneladas, demasiado como para que yo me atreviese a romperlo con una pregunta que, de cualquier manera, iba a ser estúpida.» Me encantó esa frase, todo un logro!!!
Muchas gracias, querido Alberto…
Lo sabés perfectamente: a veces uno da vueltas y vueltas con algún párrafo indócil, y otras te sale redondito de una.
Abrazo grande.
Las historias de esa final son inagotables y siempre nos cautivan. Gracias Dickie!!!
Sí, es verdad.
Pero en este caso intenté recrear un hecho absolutamente real, que no todos conocen, que ocurrió aquel día de 1950.
Obdulio Varela -por diversas razones que no se pueden resumir acá- fue el gran artífice de aquel triunfo, que enmudeció a un estadio colmado por casi 200.000 personas.
Sin embargo, esa misma noche, cuando vio la tremenda decepción de todo el pueblo brasileño (para ellos fue una verdadera tragedia nacional), se arrepintió de lo que había hecho y salió a emborracharse con ellos en los bares de Río de Janeiro.
Bueno, esto último aclara tanto la situación. Conocía a Obdulio, por la historia increíble de aquella noche , pero no sabía de su empatía con los perdedores aquel día.
muy bueno el escenario, y muy claras tus ganas de haber sido protagonista de una tristeza brasileña tan grande, ..no te privás de nada..! aunque sea en la ficción.. .
Sí, la historia de Obdulio es fantástica. En Uruguay es leyenda, pero leyenda con fundamento real.
Se puso el equipo al hombro ante 200.000 personas; alentaba a sus compañeros al grito de «los de afuera son de palo» y repetía «somos once contra once… este partido se gana con los huevos en la punta de los botines…»
Desactivó el griterío de las tribunas y los condujo a la victoria.
No hubo ceremonia de premiación porque nadie -nadie- previó que Brasil podría perder.
A la noche, condolido por el sufrimiento de los brasileros, salió a emborracharse con ellos…
Cuando volvieron a Uruguay los dirigentes (que no fueron al partido por miedo a la escandalosa derrota) les dieron a los jugadores medallas de plata y se dieron a sí mismos medallas de oro.
En 1996 Obdulio murió pobre de total pobreza, como había nacido…
Gracias por el aporte, Willie.
No conocía ni por asomo esa historia que tan bien has ficcionado. Engrandece aún más, me parece, esas figuras ya de por sí descomunales.
Es así, Alberto.
La historia de Obdulio me atrapó y me sedujo cuando la conocí.
Los tipos como él, que por mérito absolutamente propio y a despecho de las limitaciones que tenía por su origen humilde y escasa educación, consiguen treparse a la leyenda, se convierten finalmente en mitos.
A los demás -o sea nosotros, seres de carne y hueso- no nos queda otra opción que ofrendarles toda nuestra admiración y reconocimiento.
Y tenemos, además, la obligación moral de retransmitir la historia para que el mito continúe vivo.
Abrazo.