Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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A 50 años del ascenso de La Plata Rugby Club en 1972

And our friends are all aboard
Many more of them live next door
And the band begins to play…

We all live in a yellow submarine
Yellow submarine, yellow submarine…

The Beatles

Voy a hacer un poco de Historia de La Plata Rugby Club, mi club.  Porque repasar de dónde venimos sirve para saber por qué somos como somos y por qué estamos donde estamos. También sirve, si se quiere, para ver en qué medida el camino que elegimos recorrer de aquí en más será, o no, concordante con los principios y la Historia que heredamos de quienes nos precedieron.

A fines de 1971 ya hacía 5 o 6 años que estábamos instalados en Gonnet y el Club estaba en pleno crecimiento institucional, como lo estuvo siempre. Sin embargo, en el plano deportivo habíamos tocado fondo.  Habíamos descendido de la División Superior a la División Ascenso y si bien teóricamente eso significaba haber perdido una categoría, la realidad era otra, mucho más dura: en la División Superior jugaban los 24 equipos que antes conformaban la Primera y la Segunda. Por lo tanto, habíamos caído -por primera vez- al tercer nivel del rugby nacional, y en la División Ascenso tendríamos que jugar contra equipos a los que nunca habíamos enfrentado, algunos de los cuales sólo eran conocidos por Nile Ferrando.

A los más jóvenes habría que contarles que antes de que existiera Google, hubo un Nile Ferrando

El golpe fue tremendo, durísimo, y el Club todo, con el presidente Bebe Pelitti a la cabeza, se propuso  -nos propusimos-  como objetivo primordial e impostergable retornar de inmediato a la División Superior, antes de que el impacto repercutiera en las divisiones juveniles del Club, que ya por entonces eran muy importantes.

Ya no estaban en el plantel jugadores históricos como Cacho Grossi, Miga Salvador, Alberto Armisén, Bicho Munitis, el Pájaro Sorarrain y el Negro Montiel. Los únicos jugadores de experiencia que quedaban eran Jorge Cafasso y Carlos Carreño, ambos de larga trayectoria en el plantel superior y ambos excapitanes del equipo. El desafío era durísimo, pero había que enfrentarlo…

La primera decisión que tomó la Comisión Directiva fue nombrar como entrenador del equipo a Tito Nápoli, el Caballo Nápoli, un notable exjugador y excapitán que había jugado más de 20 años en la Primera del Club, que había integrado muchas veces los seleccionados de La Plata y de Provincia, y que era célebre tanto por su fuerza física como por la garra que ponía en los partidos.  Con su cara de hombre malo y su corazón grande, el Caballo Nápoli sentía un amor extraordinario por el Club.  Yo llegué a conocerlo muy bien y puedo asegurar que sus cuatro hijas y La Plata Rugby Club eran las dos cosas que más quería en el mundo. Y no sé en qué orden…

Es el único tipo que conocí que se fue a la tumba vistiendo su camiseta amarilla con el escudo azul en el pecho, la misma que había usado para jugar, tal como él expresamente lo había pedido.

Al Caballo le debo mi designación como Capitán, una distinción totalmente inesperada y seguramente inmerecida, pero que acepté con el orgullo, la responsabilidad y el compromiso con que se debe aceptar el honor de ser Capitán de la Primera División de nuestro Club.

Como subencargado o ayudante fue nombrado Martín Suffern Quirno, con quien teníamos una larga historia en común: nos habíamos enfrentado cuando él jugaba en la Primera de Alumni y después fuimos compañeros varios años en el plantel superior cuando se pasó a La Plata. Martín acababa de retirarse como jugador, venía de hacer una brillante campaña como encargado de la Reserva y hacía sus primeras armas al frente del plantel superior.

Ese verano, antes de empezar los entrenamientos, fuimos a buscar a algunos jugadores que por razones laborales no habían jugado en los últimos años, como Carlos Grisolía, Juan Di Lucca y el Facha Giuliano. Y, a instancias de Martín Suffern, fueron promovidos al plantel superior varios chicos de 17 y 18 años que por sus condiciones técnicas y su temperamento parecían estar preparados como para bancarse el desafío (Jorge Copello, Luis Mathieu, Hernán Rocca, Jorge Santander y Carlón Scarpinelli).

Otra decisión muy importante, en mi opinión fundamental y definitoria para que hoy celebremos un ascenso de hace 50 años, fue la cuestión de la preparación física, a la que no se le prestaba mucha atención. Alguien dijo: “Ya que son malos, por lo menos que estén bien entrenados…”  Y tenía razón.

Y entonces surgió una idea muy osada, una idea loca, totalmente descabellada: ir a buscar a alguno de los tres mejores preparadores físicos de la ciudad de La Plata para pedirles que vinieran al club a entrenarnos y ayudarnos a recuperar el lugar perdido, a cambio de… ¡nada!  Esos tres preparadores eran: Orestes Rossi, el Vasco Alzogaray y Jorge Kistenmacher, que venía nada menos que de ser Campeón del Mundo y Tri Campeón de América con Estudiantes de La Plata (además de algunos otros títulos que no vamos a inventariar en este momento para no herir susceptibilidades…).

Así que allá fuimos, con más caradurez que argumentos, a pedirles ayuda.  Y, para nuestra propia sorpresa, los tres aceptaron la propuesta, se comprometieron a colaborar desinteresadamente para lograr el ascenso, y se pusieron de acuerdo para turnarse alternadamente y venir a entrenarnos un día cada uno.

La pretemporada comenzó el 20 de febrero, casi un mes antes de lo que se acostumbraba en aquella época, y los entrenamientos se llevaron a cabo con una exigencia y una intensidad a la que no estábamos acostumbrados: en los primeros cinco meses hicimos más de 70 entrenamientos, a razón de más de tres por semana. Y bajo cualquier condición climática.

Todos recordamos aquella noche en que llovía torrencialmente y como concesión al difícil momento que vivía el Club decidimos -como excepción- entrenarnos igual, improvisando un gimnasio en el salón del buffet. Estábamos corriendo las mesas y las sillas para abrir espacio, cuando llegó Jorge Kistenmacher y fui a su encuentro para informarle cuál era nuestro plan.  Con esa seriedad y esa rigidez tan germana que lo caracterizaba, Jorge me escuchó y luego dijo: “El rugby no se suspende por lluvia… los entrenamientos tampoco. ¡A la cancha…!”  Y así fue como quince minutos después se encendieron las luces de la cancha de entrenamiento y allí, bajo una catarata de agua, estaban parados el Caballo Nápoli, Martín Suffern y Jorge Kistenmacher, que hacía sonar su silbato reclamando nuestra presencia.

Mientras el cielo se venía abajo, entrenamos con más ganas y más entusiasmo que nunca. Y aunque nadie se animó a confesarlo, estoy convencido de que fuimos varios los que aquella noche empezamos a sentir que si a pesar del frío y el barro éramos más de 30 tipos corriendo disciplinadamente bajo el agua, el sueño de acariciar el Ascenso no era una utopía; estaba al alcance de la mano y dependía exclusivamente de nosotros…

El acuerdo con los preparadores físicos incluía que en todos los partidos, ya fueran de local o de visitante, uno de ellos estaría con nosotros para hacer la entrada en calor -el precalentamiento-, una actividad casi totalmente desconocida en el rugby de aquel momento. Muy pocos equipos la hacían, quizás el SIC y alguno que otro más.  Imagínese el lector las caras de nuestros rivales cuando 30 ó 40 minutos antes del partido salíamos del vestuario para precalentar a las órdenes de Jorge Kistenmacher, quien a pesar de su humildad era famoso en todo el país y en gran parte del mundo, y empezábamos a trotar y a elongar en el in-goal o al costado de la cancha…  Sicológicamente era un golpe tremendo. Después, cuando empezaba el partido, éramos tan malos como el resto, pero desde lo físico marcábamos diferencias.

Y si hablamos de diferencias tenemos que decir que el Caballo y Martín no se llevaban del todo bien.  El Caballo aportaba todo su empuje y toda su fuerza, que eran su mayor virtud, pero quien tenía los conocimientos mas profundos del rugby era sin duda Martín, que quería imponer las últimas novedades en el juego como «la Catamarco Ocampo» y otras jugadas que practicaba el SIC. Por su parte, el Caballo solo pretendía bajar la cabeza y darle para adelante, como había hecho siempre, para primero ascender y recién después empezar a pensar en otros aspectos del juego.  Los dos tenían carácter fuerte y hubo enfrentamientos, hubo discusiones, hubo tensiones.

Tampoco el plantel fue ajeno a las diferencias: Jorgito Copello era el más joven con apenas 17 años en tanto que Carlos Grisolía era un viejo de 34; lo doblaba en edad.  Entre los dos extremos había toda una gama de edades y mientras algunos ya estaban en pareja y con hijos, otros apenas estaban saliendo de la adolescencia: era natural, entonces, que tuviésemos visiones totalmente diferentes del mundo, de la vida y, por supuesto, del rugby.  Así fue como los más jóvenes se alinearon con Martín, los más grandes con el Caballo, y también hubo enfrentamientos y discusiones durísimas que inclusive repercutieron en el plano institucional del Club.

Sin embargo, el objetivo que nos habíamos propuesto a principios de año primó por encima de las diferencias y así fue como el 20 de agosto, cuando le ganamos 9 a 0 a Hurling de visitantes, ya éramos campeones.  Aunque todavía faltaban disputarse tres fechas, nadie podría alcanzarnos. Habíamos cumplido nuestro objetivo y el sueño del Ascenso se había hecho realidad…

Jamás olvidaré con qué emoción nos abrazamos al costado de la cancha, donde lo vi llorar al Caballo como quizás nunca en su vida lo había hecho…

El Ascenso de 1972 hoy puede ser visto como el año aquel en que simplemente volvimos las cosas a su lugar, la temporada en que recuperamos el lugar perdido jugando contra equipos de aparente menor nivel que el nuestro. 

Sin embargo, con la perspectiva que dan los años, estoy convencido de que aquel ascenso fue el punto de inflexión que marcó una transformación mucho más profunda y trascendente que recuperar el lugar perdido, ya que quedaron sembradas semillas muy valiosas que tiempo después dieron frutos muy importantes para el desarrollo del Club: fue el primer año en que se hizo una preparación física intensa; el primer año en que nos entrenamos tres veces por semana y bajo la lluvia; el primer año en que hicimos un precalentamiento serio. 

Fue también el primer año de Martín Suffern al frente del Plantel Superior, y sabemos lo que Martín llegó a ser en las temporadas siguientes: uno de los tipos que más sabía de rugby en el país, respetado y reconocido por todos los equipos con los que nos tocaba jugar.

Y, finalmente, ese año fue también la plataforma de lanzamiento para un chico que con sólo 18 años era el Subcapitán: Jorge Santander, quien luego sería un brillantísimo jugador y un gran Capitán, que supo dejar una huella importante no solo en quienes tuvimos la suerte de jugar a su lado sino, por supuesto, en todo el Club.

Para concluir este recuerdo, entonces… al Caballo Nápoli, a Martín Suffern, a los tres preparadores físicos Orestes Rossi, el Vasco Alzogaray y Jorge Kistenmacher, al presidente Bebe Pelitti, a Carlón Scarpinelli, Mariano Montequín, Hernán Roca, Otilio Pascua, Carlitos Carreño, Daniel Gallo, al Topo Cardoso, al Chueco Sánchez Viamonte y al Turquito Balut

…a todos ellos les decimos que dondequiera que estén, están hoy aquí, con nosotros, festejando este ascenso de hace 50 años, del que fueron protagonistas.

Dickie Randrup, Capitán 1972.

Dickie Randrup

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10 respuestas

    1. Muchas gracias, María…
      Fue un año muy especial para nosotros, que lo vivimos con mucha intensidad y pasión.
      Y Carlitos fue uno de los protagonistas principales.
      Gracias por el comentario.
      Te mando un beso enorme.

  1. Muy bueno Dickie!!
    Para mi también fue un año especial. En 1972 empecé a jugar en la décima del club. Tenía 10 años y me acuerdo mucho de los partidos que ganamos con tus patadas a los palos!

    1. Muchas gracias, Tano!
      Había un entusiasmo muy especial en todo el Club y me acuerdo en particular de todos los chicos (entre los cuales estarías vos) que nos seguían y nos apoyaban en los partidos.
      Abrazo fuerte…

  2. Conmovedor recuerdo de aquella gesta, que tu pluma rescata con sobriedad y justicia. Yo viví esa campaña desde afuera y aún así, después de leer tu relato, mis ojos muestran un brillo que antes no tenían. Abrazo amarillo.

    1. Muchas gracias, Juan…
      Me acuerdo perfectamente que fuiste uno de nuestros fieles seguidores aquella temporada, haciendo fuerza y sufriendo desde afuera.
      Te recuerdo especialmente en la cancha de Hurling, cuando terminado el partido ya éramos campeones.
      Gracias por el aporte. Abrazo fuerte!

  3. No ha sido nunca el rugby lo mío y me sobran los dedos de las manos para contabilizar los partidos que he presenciado «en vivo».
    Sin embargo, siendo platense, no podía sustraerme y desde mi adolescencia he sido simpatizante de los amarillos, siempre. También conocí a unos cuantos de los personajes que mencionás.
    Coincido en la sobriedad y justicia del relato, súper interesante!!!!
    Gracias y un muy fuerte abrazo, Dickie

    1. Gracias, Alberto…
      Aunque la simpatías también existen en el rugby, son mucho menos dramáticas y combativas que en el fútbol.
      El rugbier -el que jugó lo es para toda su vida- aunque sigue manteniendo el vínculo afectivo con su club, se vuelve con el tiempo “hincha del rugby”, más que de un equipo.
      Y hay entre todos los rugbiers una especie de fraternidad o sentido de pertenencia que es más fuerte que la simpatía por un club.
      Un fuerte abrazo para vos también.

  4. Querido Dickie que bueno que hayas tomado la decisión de escribir (en una excelente forma) sobre el ascenso de LPRC en el año 1972. Has contado todo lo que ocurrió aquel año, con lo bueno y lo no tan bueno. Fuiste un excelente capitán y pudiste manejar muy bien a un grupo humano heterogéneo, pero a pesar de ello todos luchamos por el objetivo: llegar a primera, y se logró!! . No solo te destacaste como capitán, líder y jugador, también lo fuiste como pateador-goleador (eras temible). Te agradezco por el trabajo que hiciste para hacernos volver a vivir aquellos tiempos tan hermosos. Un gran abrazo y nuevamente gracias.

    1. Jorge querido, qué bueno que te haya llegado… Esta tarde fui al Club con la idea de conseguir tu número para hacértelo llegar y me enteré -creo que por Carlos Herrero- que ya te lo habían mandado.
      Aquel fue un año inolvidable, el mejor de mi etapa en el rugby y también uno de los mejores de mi vida por otros motivos (casamiento, primer embarazo, etc.)
      Lo que vivimos fue muy intenso y sentí la necesidad de dejarlo plasmado y de recordar a todos los que participamos de la aventura, especialmente a aquellos que ya partieron de viaje.
      Estamos ahora a punto de lograr otro ansiado ascenso, así que descuento que nos encontraremos pronto.
      Mientras tanto te abrazo fuerte desde lo virtual.
      Y gracias por tu aporte. Lo valoro muchísimo.

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