Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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Acerca de ellas… y nosotros

A ellas.  A todas ellas.

Cecilia Absatz es una aguda periodista, escritora y guionista argentina. En uno de sus newsletters que semanalmente envía a sus seguidores, leo:

«Un escote es una declaración personal que se debe sostener toda la noche. Hay que resistir esa mirada unánime sin vacilaciones, evitar la tendencia a subirlo de vez en cuando como un gesto de contrición o encogerse de hombros para disimularlo si el escote es profundo y vertical. Un escote en la vida real y en primer plano es algo serio. Parece fácil, pero no lo es.»

Ningún hombre podría escribir esto.  Podemos entenderlo perfectamente cuando lo leemos, pero nunca imaginarlo si no nos es explicado.  Al hombre no se le ocurre pensar en todo eso.

Hay toda una serie de gestos y actitudes de la mujer en público, que ellas manejan con naturalidad y pericia, y que el hombre desconoce por completo.  Nosotros solo vemos el resultado de esos gestos, pero no la intención detrás del gesto.

La mujer está pendiente de lo que muestra y lo que no muestra.  Y, en todo caso, de cuánto y cómo lo muestra: las piernas, el escote, la mirada, la pose, las manos, el pelo.

Todos esos gestos se le vuelven inconscientes, pero hubo un momento en que ella aprendió a hacerlos.  El hombre solo ve la consecuencia de eso: cruza las piernas, veo hasta allí… me mira, no me mira… me sonríe… se le ven las tetas, pero no mucho…

La mujer lo aprende de chica, lo incorpora y luego todo ese arsenal de seducción, encanto y sensualidad surge espontáneo y natural, para nuestro deleite… o para nuestra desesperación.

Cuando me cruzo por la calle con una mujer, de cualquier edad, siempre observo que no me mira directamente.  Porque la mujer  -en general-  no mira al hombre cuando se cruzan.  Siempre he pensado, ¿a qué edad aprende eso una mujer?  Mientras es una niña, ella mira todo de frente, sin vueltas, atrevidamente, como cualquier chico.  Pero, ¿hasta cuándo?  ¿Quién se lo enseña?   ¿O lo aprende sola?

Por otra parte, la mujer tiene visión periférica y puede ver lo que necesita en apenas un golpe de vista; en un fugaz cruce ya captó todo el panorama y no precisa mirar más: ya sabe lo que quiere saber.  El hombre, en cambio, necesita mirar sostenidamente para entender un poco.  Y muchas veces no lo logra.

Nosotros tenemos un escote adelante y si no clavamos los ojos descaradamente, levantando las cejas y hasta abriendo la boca con incredulidad, no entendemos nada…

Por otro lado, las mujeres ven bajo el agua, olfatean hasta lo que estamos pensando y perciben con claridad meridiana hasta las más oscuras de nuestras ideas, aunque a veces no las comprendan totalmente. 

Son expertas en leer entre líneas hasta los más intrincados mensajes.  Donde nosotros nada vemos ellas decodifican misteriosos significados ocultos, con precisión y agudeza inobjetables, especialmente si provienen de otra dama.

Los hombres somos más literales, más directos, más simples; leemos lo que está escrito, escuchamos lo que está dicho.  Y solo después de que ellas nos iluminan, explicándonos lo que encubre lo que no se dijo o no se escribió, somos capaces de comprender que allí, en «la nada», había en realidad un mensaje encriptado.

Y en esto de ver distinto, nadie como ellas para identificar colores.  Nosotros, los caballeros, solo distinguimos los tres colores primarios, los tres secundarios (mezclando los anteriores como nos enseñaron de chiquitos), más el blanco, el negro y su vástago, el gris.  Punto.  Allí se acaba nuestra paleta.

Con esos nueve colores nos manejamos aceptablemente bien por la vida, hasta que nos cruzamos con alguna fémina que seductoramente nos habla del color durazno, el amatista, el malva, el salmón, el lavanda y un surtido de otras variedades cromáticas que nosotros -obtusos cavernícolas antediluvianos y posiblemente daltónicos- somos incapaces de reconocer.

Para nosotros el durazno es una fruta, no un color; amatista es una piedra; malva y lavanda son plantas, y el salmón un pescado que apreciamos mucho en nuestro plato en cualquiera de sus variantes culinarias.

Así que, por favor… no queremos ser tildados de sexistas, pero devuélvannos al menos los tres colores primarios, que nosotros los mezclamos un poco y con eso salimos adelante.

Y ustedes chicas… Bueno, más allá de estas inevitables discrepancias que nos diferencian pero no nos separan, ustedes siguen siendo divinas, enigmáticas, adorables e imprescindibles.

Así las queremos y así nos quieren.  Por lo tanto, ¡que vivan las diferencias…!

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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14 respuestas

  1. Me encanto Dickie. Todas las apreciaciones que efectuas sobre una simple circunstancia, tal cual es un «escote», no solo son ciertas, sino que ademas denotan que tenes un agudo sentido de la percepcion e imaginacion que son envidiables.
    Lo que has exteriorizado demuestra que sos portador de una fina sensibilidad. TE FELICITO.

      1. Me encanta cómo está escrito, aunque no esté tan de acuerdo con la generalización del contenido.
        En mi opinión, son estereotipos que hoy empiezan a desdibujarse y personalmente celebro que así sea.
        En fin, en este caso no compro el QUE pero, como siempre, me resulta brillante el COMO!!

        1. Querida Mariana:
          Soy el primero en decir que todas las generalizaciones son, en algún punto, injustas.
          Y soy el primero también en cuestionar todas las ideas que históricamente han colocado a la mujer en un plano inferior al hombre.
          Pero mis anotaciones no son un manifiesto político sino apenas un intento por echar una mirada simpática sobre aquellas pequeñas diferencias que, más allá de separarnos, nos deslumbran mutuamente.
          Esa fascinación, esa maravillosa atracción mutua, es la que ha logrado poblar el planeta hasta hoy.

          Muchas gracias por tu valioso aporte.
          Te quiero mucho, mucho.

  2. Muy filoso el texto de Cecilia Absatz que usás como disparador, muy propio de la agudeza de esa periodista y escritora.
    Dickie, admiro tu talento para enhebrar ideas y “cavilaciones” a partir de cosas o situaciones que pasan desapercibidas para el común de los mortales. Coincido con otro comentario, se requiere mucha imaginación y vos además, le ponés pluma.
    Muy bueno tu blog!!!!
    Abrazo grande!!!

  3. Muchas gracias, Alberto.
    Sí, Cecilia Absatz es muy inteligente y siempre aporta una mirada diferente, en general con una impronta muy femenina que nos obliga -a nosotros, los hombres- a repensarlas desde otra óptica.
    En cuanto al blog, ya sabés que has sido en gran medida inspirador para que yo decidiera crear mi propio espacio virtual.
    Abrazo grande para vos también.

  4. Un poco como Mariana, también pienso que esa caracterización es parte de los estereotipos que hoy están bastante desdibujados. Aunque en el fondo, muy en el fondo, siempre pueden tener algo de verdad… ( y el texto de Absatz está muy bien escrito).
    Más allá de eso, el tema te sirvió para escribir una confidencia que me pareció genial. Interesante la idea, encantadora la forma y también porque lo expresas poniéndote en el lugar del otro estereotipo para contrastar.

    1. Lejos totalmente de pretender ser una tipificación con base seria, mi reflexión es una generalización muy subjetiva.
      Como toda generalización, es seguramente injusta. Y al ser subjetiva se presta obviamente a todo tipo de discrepancias.
      Como Mariana, vos pertenecés a una generación muuuuuucho más joven, lo que te permite ver las cosas con una óptica diferente…
      Chanzas aparte, muchas gracias por tu aporte. Lo valoro mucho.

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