Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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Acerca de los extraños comportamientos de los objetos inanimados.

A Eddy, que se sintió identificado.

Hay un tema que desde hace tiempo vengo postergando, porque no encuentro la forma de abordarlo.  Miro a mi alrededor, leo, escucho, olfateo, observo, y… ¡NADA!

Parece como si nadie, fuera de mí, se diera cuenta.  O que los que saben no quieren hablar.  De lo contrario, ¿cómo puede ser que yo sea el único que advierte que los objetos inanimados tienen de pronto conductas extrañas, caprichosas, inverosímiles?

Esta preocupación viene a cuento porque hoy en el café escuché de casualidad una conversación de un hombre comentándole a otro, que tiene en su casa un gran reloj de pared que perteneció a su abuelo y que cada vez que lo mira el segundero hace un pequeño retroceso o contramarcha, una brevísima detención en su desplazamiento circular, algo que antes no había advertido.  Una pavada, una intrascendencia, un comentario al pasar que no mereció mucha atención por su interlocutor.

Sin embargo, me sacó un enorme peso de encima escuchar al desconocido confesar esa mínima travesura que advirtió en el viejo reloj de su abuelo, porque yo también he observado ese extraño comportamiento en otros relojes y no creo que sea casual.  Por el contrario, entiendo que debe ser tratado con la mayor y más respetuosa de las seriedades.  No quiero ser alarmista, no digo que se trate de una conjura o una conspiración, pero en esta época en que las computadoras hacen millones y millones de operaciones en un instante, ¿no es sugestivo que los relojes se empeñen en esconder sucesivas fracciones de segundo dando un disimulado pasito para atrás?  ¿A dónde va a parar todo ese tiempo adicional o extra que el caprichoso movimiento de la aguja genera?  ¿Quién lo usa y para qué?

Y los caprichos de los relojes no se limitan únicamente a los modelos analógicos, es decir, con agujas.  Conozco a personas que han venido observando de un tiempo a esta parte que los relojes digitales  -al menos los de este sector del planeta-  tienen una extraña tendencia a exhibir siempre números repetidos.  Sí, tras innumerables y repetidos muestreos estas personas han podido determinar que la mayoría de las veces en que posan la vista sobre un reloj digital, éste exhibe horas tan particulares como las 11:11, las 22:22, o las 5:55.  Y cuando esto ocurre también advierten que no habían mirado el reloj para conocer la hora sino que fue el propio reloj el que atrajo su atención para que la vista se posara sobre la pantalla y así exhibirle esos caprichosos dígitos gemelos, cuyo significado no han podido desentrañar hasta el momento.

Estas conductas veleidosas de los objetos inanimados no terminan allí.  Más bien diría que el de los relojes es solo uno de los antojadizos hábitos que pueden observarse en ciertos objetos, aunque nadie se anime a denunciarlo. ¿No han advertido la curiosa costumbre que tienen algunas cosas para esconderse cuando uno más las necesita, para luego aparecer casi mágicamente en los lugares más inesperados?  Los papeles son campeones en esta materia.  Guardamos un informe, una nota o una carpeta en un lugar seguro (teóricamente seguro), y al momento en que lo necesitamos descubrimos que misteriosamente ya no está allí.  Y por más que nos desesperemos buscando, el papel o lo que sea no se va a hacer ver hasta que no abandonemos por completo la búsqueda y decidamos hacer alguna otra cosa.  Es allí cuando sorpresivamente se asoma en un sitio que no tiene nada que ver con el original.  O si no  -esto también lo he observado con cierta frecuencia-  aparece en alguno de los lugares donde más lo hemos buscado y sin embargo no lo pudimos encontrar, como si la ironía fuese también parte de ese proceder tan fastidioso.  No son comportamientos que puedan admitirse así, sin más ni más, a las cosas, sobre todo teniendo en consideración su (¿indiscutible?) calidad de inanimados.

He podido detectar, también, que algunos cuerpos presuntamente inertes tienen más tendencia que otros a esfumarse.  El capuchón de la lapicera, la tapa del dentífrico y el control remoto de la TV están entre los que más y mejor se esconden.  En cambio, está demostrado que no ocurre lo mismo con la propia lapicera, con el dentífrico o con el televisor, que  -no obstante su íntima relación con aquellos-  suelen tener conductas mucho más sumisas y disciplinadas, y no nos enfrentan a semejantes tribulaciones.  Tampoco la mesa del living o el velador son de desaparecer así de golpe (al menos no en mi casa), aunque sí son de interponerse en el camino si nos levantamos a oscuras.

También puede observarse que los semáforos, por ejemplo, son muy propensos a mantenerse largos minutos en verde mientras el vehículo en que nos acercamos a velocidad creciente avanza, pero se tornan inmediatamente amarillos (y enseguida rojos) en cuanto advierten que hemos acelerado confiados para trasponer la bocacalle.  Indudablemente, un proceder burlón, perverso y atrevido si se tiene en cuenta la función presuntamente ordenatoria que la sociedad les ha asignado a estos artefactos.

Son famosos, también, los casos de zapatos que jamás desairaron a su dueña, hasta que ésta se los saca en el cine.  Se han registrado casos en que aprovechando la oscuridad reinante y la comprensible distracción, llegaron a trasladarse hasta cinco filas de butacas, casi siempre hacia adelante.  Eso sí, al encenderse la luz están nuevamente inmóviles.

Tampoco podemos pasar por alto los comportamientos vengativos de algunos cítricos que -probablemente impelidos por un oscuro rencor-  nunca erran el chorro de jugo al ojo del comensal que desprevenidamente hiende en ellos su tenedor o cuchillo.

A diferencia de otros alimentos, que se dejan engullir casi con resignación, sin oponer resistencia y aceptando con hidalguía su destino nutriticio, los cítricos suelen revelar (además de una envidiable puntería) un espíritu subversivo y contestatario que en nada condice con su condición de objeto exánime.

Y si los objetos en estado de reposo acostumbran a exhibir conductas arbitrarias e inesperadas que nos descolocan por completo, ni que hablar de los objetos en movimiento.  No me voy a detener a mencionar los piques traicioneros que se observan en cualquier deporte que se practique con pelota, porque eso está al alcance de cualquiera.  Todas las pelotas  -se sabe-  tienden a picar mal, y siempre lo hacen en los momentos más inconvenientes.  Es casi un dogma.

Pero dejemos, por trillado, el tema de las pelotas y pensemos  -por ejemplo-  en el martillo, que es impulsado con extremo cuidado por nuestra mano para golpear certeramente sobre el clavo que sostenemos con la otra.  Es casi una verdad de Perogrullo que a último momento algo se tuerce dentro del martillo (se desconoce, por ahora, si es el mango o la cabeza metálica), pero lo concreto es que esta última casi invariablemente esquiva al clavo y le acierta a nuestro dedo.  Esto está científicamente demostrado con infinidad de experimentos realizados durante años en los cinco continentes, bajo las más variadas condiciones: el martillo en movimiento goza de poder de decisión.  ¿Acaso los palos de golf no se encogen o tuercen en el momento en que son lanzados contra la pelota?  (No me enrolo en la corriente de los que sostienen que son las pelotas de golf las que se agachan o hacen fintas para eludir el golpe).  ¿Por qué no habría el martillo de tener una conducta casi similar, si el principio es el mismo?

Especialistas de toda laya  -y también algunos aficionados-  han intentado descubrir esas mismas contorsiones en los palos de golf en reposo, filmándolos dentro del placard a oscuras o vigilándolos disimuladamente mientras los acarrea el caddie, pero no han podido detectar siquiera una leve contracción o retorcimiento.  Es el movimiento el que estimula la conducta díscola y sediciosa de estos objetos, más allá del comportamiento antojadizo y casquivano de las pelotas.

¿Alguien vio alguna vez una tostada retorciéndose en el plato?  Imposible, ¿no?

Porque la tostada es uno de esos objetos que recién adquieren una actitud alocada o imprevisible cuando se encuentra en movimiento.  Una tostada estática es notablemente dócil y  -a diferencia de los cítricos, arriba citados-  generalmente se deja comer sin estridencias, casi estoicamente.  Sin embargo, la misma tostada en movimiento, es otra cosa.  Se vuelve rebelde, caprichosa y reiterativa.  Y para demostrarlo vale una simple experiencia: úntese con manteca, mermelada o miel una tostada cualquiera y antes de llevarla a la boca déjesela caer distraídamente (preferiblemente no sobre la ropa).  Es inevitable, y está demostrado, que la tostada hará las más inesperadas contorsiones y piruetas para finalmente caer  -siempre-  con la manteca, la mermelada o la miel hacia abajo.  Y pensar que algunos se maravillan de que los gatos caigan siempre parados…

Párrafo aparte merecen los ruidos del auto.  Podemos sentir un traqueteo infernal durante todo un día, o dos.  No sabemos de dónde viene ni cómo se produce ni, menos aún, cómo hacerlo desaparecer.  Sin embargo, basta con que nos tomemos la molestia de llevar el auto al taller, convencer al mecánico para que deje de hacer lo que estaba haciendo y suba al auto.  En cuanto arranca el motor  -con el mecánico y su mal humor instalados en el asiento del acompañante-  el ruido se fue.  Nunca se sabrá cómo, ni a dónde, pero se fue.  Maravilloso.

Pero ahí no termina la cosa.  Tras las disculpas del caso el mecánico y su mal humor se bajan del auto, nos retiramos llevándonos toda nuestra sorpresa (y también toda nuestra vergüenza) y en cuanto recorremos exactamente tres cuadras… ¡el traqueteo reaparece con el mismo ímpetu, el mismo fervor y el mismo entusiasmo del principio!  Los resultados de esta prueba son invariables y totalmente independientes del modelo de auto que se utilice y del mecánico que intervenga.

¿Y los extraños ruidos que habitan en todas las casas por las noches? ¿Por qué nadie, salvo los chicos, habla de esos ruidos? ¿Por qué de día desaparecen tan misteriosamente?

Relojes escamoteadores de tiempo… dígitos caprichosos… objetos que se esconden…

semáforos perversos… zapatos que caminan solos… cítricos rencorosos… martillos con poder de decisión… palos rebeldes… pelotas antojadizas… tostadas contorsionistas… ruidos misteriosos… Todo esto sucede bajo nuestras narices y frente a nuestros ojos.   ¿Por qué nadie dice nada?

Creo que algo muy importante está sucediendo.

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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4 respuestas

    1. Sí, tal cual…
      La lista podría ampliarse bastante. y siempre es más fácil atribuirlo a los caprichosos antojos de los objetos que a nuestra propia torpeza para lidiar con ellos.
      Gracias por el porte, primita…

  1. Creo que los objetos, que desde hace rato juegan malas pasadas a los humanos, han comenzado a comunicarse entre si y estan planeando algo grande. Parece que los programas de inteligencia artificial han comenzado a organizarse y han reclutado relojes analógicos y otros aliados para dar a la humanidad una sorpresa universal de la cual no va a poder recuperarse.

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