A Maxo, discípulo y maestro a la vez.
Camino a ciegas. Me han puesto una capucha en la cabeza y estoy descalzo. Escucho voces lejanas que gritan cosas que no comprendo y siento una mano que aprieta fuertemente mi brazo derecho. Otra en el brazo izquierdo. Hay voces más cercanas, también, que gritan lo que parecen ser órdenes en un idioma desconocido.
Estoy consciente, pero mi memoria está vacía, en blanco. No sé dónde estoy, ni por qué, ni desde cuándo. No comprendo lo que ocurre. No sé si en algunos minutos estaré muerto o si estaré corriendo, huyendo no sé cómo, ni de quién, ni hacia dónde. O si de pronto despertaré, lo que sería la mejor opción dadas las circunstancias.
Percibo un olor acre, penetrante e inmundo, pero no alcanzo a distinguir si proviene del ambiente que me rodea o si está impregnado en la capucha que me cubre. Creo que voy a vomitar, pero no tengo fuerzas para hacerlo.
Recibo un golpe seco en los riñones y me contraigo casi cayéndome, pero las manos que me sostienen me impulsan hacia arriba mientras oigo más gritos ininteligibles, cerca de mis oídos. Tropiezo con algo que podría ser un escalón y los brazos que me llevan casi en vilo me sostienen nuevamente. Otro golpe, esta vez en la nuca, me estremece. Y otro grito junto a mi cabeza.
Los dolores son tan vívidos que empiezo a creer que la tercera opción pierde chances rápidamente. Esto no puede ser un sueño, esto está ocurriendo de verdad. Me está ocurriendo a mí, aquí y ahora. Y enseguida pienso que si los dolores son reales, y estoy cada vez más convencido de que lo son, tampoco la segunda opción será posible. ¿Cómo escapar si estoy maltrecho, a punto de desvanecerme?
Los gritos lejanos se convierten en una especie de murmullo creciente, cada vez más cercano, como si una multitud aclamase o festejase algo. Nos detenemos. Trato de respirar profundamente pero el olor agrio, picante y áspero, me cierra la garganta. Desfallezco. Siento que sin los brazos que me sostienen caería al piso, que ahora parece cubierto de arena o tierra.
De pronto escucho el chirrido de algo que se mueve, como si fuese un portón pesado abriéndose, y el murmullo lejano se convierte en griterío, cercano y ensordecedor. Me arrancan la capucha y la luz del sol me enceguece. Escucho una carcajada a mis espaldas, alguien me empuja hacia adelante y caigo de rodillas sobre la arena.
Tengo las manos libres y me refriego con esfuerzo los ojos, intentando disipar el encandilamiento. Una ovación me aturde. Por fin, recupero de a poco la visión y logro componer una imagen, al principio borrosa, pero cada vez más nítida. Veo gente allá arriba; mucha gente gritando, con los brazos en alto. Y más abajo, sobre la arena, un león que se acerca.
2 respuestas
Muy bueno Dickie!…👏👏👏
Gracias, Machaco… Abrazo grande!