Entre los recuerdos más antiguos de mi infancia futbolera están aquellos -gratísimos- que me transportan a mis primeros partidos en las canchas que estaban (la mayoría ya desapareció) entre el Colegio Nacional y la Escuela Anexa.
Vivíamos en calle 1 entre 47 y 48, frente a la Facultad de Ingeniería, así que desde muy chicos los terrenos ubicados entre las calles 47 y 50, desde avenida 1 hasta las vías del ferrocarril, eran nuestra propiedad absoluta, nuestro espacio vital donde crecimos felices.
Allí tenían lugar todas nuestras correrías infantiles y juveniles, como trepar a los árboles, andar en bicicleta, pelearnos con piedras y palos con los chicos de otros barrios, y -por supuesto- correr tras la pelota, que era nuestra máxima prioridad.
Habrá pocos que lo recuerden ahora pero en medio de aquellas canchas de fútbol, crecía un gigantesco ombú que había que esquivar cuando jugábamos porque su imponente presencia invadía parcialmente la canchita ubicada entre la cancha grande, más cercana al patio trasero del Colegio Nacional, y el Gabinete de Física, que originalmente había sido un gimnasio al que todos llamaban el Partenón por su similitud arquitectónica con el célebre templo helénico.
Aquel ombú, símbolo de las pampas, era también para nosotros un símbolo inconfundible de nuestras canchas. Conocíamos hasta el último de sus recovecos y a su sombra descansábamos después de los partidos, sentados en sus enormes raíces. Nadie tenía un ombú en la canchita de su barrio, nosotros sí. Al igual que las canchas, el gran ombú también era nuestro.
Y fue en esas canchas, polvorientas y con muy poco pasto, donde aprendimos todo lo que pudimos aprender acerca de jugar a la pelota, pero también respecto a nuestra relación con los demás chicos. Esa relación que en principio nos agrupó por edades o tamaño, luego por similares habilidades futbolísticas (con toda la crueldad que ello conlleva) y finalmente -con el tiempo- por amistad.
Allí aprendimos a bancarnos sin protestar las patadas o los topetazos de los más grandes, si es que pretendíamos que nos invitaran a jugar con ellos (nuestra máxima aspiración), y a soportar que nos mandaran al arco y no nos dejaran patear los tiros libres o, menos aún, los penales. Y la medida en que nos invitaban, o no, a participar de su juego nos indicaba con exactitud y sin eufemismos hasta dónde éramos valorados y considerados aptos para compartir cancha con ellos.
De aquella lejana época (década del 50), hermosa e inolvidable, conservo el recuerdo claro de una costumbre muy arraigada entre los futboleros, que se cumplía inexorablemente antes del pelotazo inicial de cada partido disputado en el patio, la calle o el potrero. El encargado de poner la pelota en juego se dirigía a sus rivales y preguntaba “¿Aurrieri?”. El oponente más cercano debía responder “¡Diez!”, y recién después de este breve ritual o ceremonia la pelota empezaba a rodar. Esto, que hoy parece poco creíble, sucedía religiosamente en todos los partidos, por informales que fuesen: la ceremonia del «aurrieri-diez» era ineludible.
¿Y cuál era el significado de este extraño conjuro sin el cual la magia del fútbol no podía comenzar?
Veamos: Según los estudiosos, el primer partido de fútbol jugado en el país tuvo lugar en 1867 en el aristocrático y británico Buenos Aires Cricket Club, que por entonces tenía su sede en los bosques de Palermo, muy cerquita de donde hoy está el Planetario. Se disputó entre dos equipos de ocho jugadores cada uno (casi todos socios del club) que, para diferenciarse, vestían gorras rojas o blancas, según el caso. Y se dice que algunos de los jóvenes convocados para participar desistieron finalmente de hacerlo por el temor al ridículo que les provocaba aparecer con pantalones cortos en presencia de las damas…
Varias décadas después de aquel histórico primer partido, el football association, que así se llamaba el juego de los cajetillas ingleses que trabajaban en las innumerables empresas británicas que funcionaban en el país, se había convertido en nuestro fútbol (para muchos, simplemente «fulbo» o «fóbal»), el deporte de las clases populares.
Sin embargo, la influencia inglesa aún persistía -y persiste- en otras cuestiones relativas al juego: decimos gol, fau, orsai y óbol o aubol, por goal, faul, off-side y out-ball. También decimos corner por tiro de esquina, score por resultado y utilizamos con toda familiaridad expresiones como crack, dribbling, goal average, fair-play, pressing, etc.
Y el «aurrieri-diez» no era otra cosa que la deformación de la antigua tradición inglesa de preguntar, antes de iniciar el partido, “Are you ready?” (¿Están listos?), a lo que los rivales respondían: “Yes!” (¡Sí!). Tras ello, la pelota empezaba a rodar. Traducido al criollo: ¿Aurrieri? ¡Diez!
Los rioplatenses nos apropiamos del juego y también de la ceremonia, aunque lingüísticamente deformada y ya carente de significado alguno. Hoy en día casi nadie recuerda el «aurrieri-diez». Las cosas son muy diferentes: ahora los árbitros le dicen al nueve «Mové, papi, que la tele ya dio la orden…»

14 respuestas
Lindo y curioso aporte histórico al juego del futbol, del que yo no tenía noticia alguna. De todos modos parece casi un pretexto para explayarse con regocijo, ternura y nostalgia en la pintura de la postal de aquellos años dorados.
Muchas gracias, Juan!
Quizás no te enteraste porque sos muy jovencito vos…
Y sí, la nostalgia por aquellos años siempre aparece.
Gracias por leer; abrazo fuerte.
Linda narrativa Dickie. En mi caso, en mí San Genaro natal, Prov. S. Fé, yo ponía la pelota para jugar en la plaza. Como era muy malo, no me ponían. Conclusión, me llevaba la pelota y … ..partido para otra oportunidad.
Ja, ja, ja… Muy buena Charlie querido.
A esa edad uno apela a cualquier recurso para poder jugar, y así como el más grandote usa su físico para imponerse, el dueño de la pelota se la lleva a su casa si no lo ponen.
Muchas gracias por leer y brindar tu aporte. Abrazo fuerte.
Me encanto este relato Dickie. No solo por lo bien descripta que esta la experiencia y los lugares donde se desarrollaron los hechos, sino tambien por lo bien escrito que esta.
Ademas de ello, para mi esta narracion tiene un sabor especial porque vivi en persona los hechos y circunstancia por vos mencionados. No te olvides que mi primaria la hice en la escuela Anexa y la secundaria en el Colegio Nacional. Por ende, como no me voy a acordar del ombu, del partenon, de las canchas de futbol y de los picados que en ellas se disputaban como de las trifulcas que se armaban.
En verdad esta narracion me ha generado una doble sensacion, pues si bien por una lado me trajo alegria por recordar maravillosos momentos vividos en el lugar por vos descripto, por el otro me trajo algo de nostalgia y/o tristeza, por la lejania en el tiempo de aquellos momentos y por lo irrepetible de los mismos.
Te felicito.
Abrazo grande.
Muchas gracias, Oscar por tu generoso aporte.
Aquellos momentos hermosos, que entonces parecía que nunca acabarían, se fueron para siempre, es verdad.
Pero dejemos a un lado la tristeza. La nostalgia nunca es divertida, pero es un buen rincón donde guarecerse de vez en cuando: es cálido, acogedor y seguro.
Abrazo fuerte.
Ese ombú era sombra, tribuna, punto de reunión. Y siempre había una raíz retorcida para sentarnos los que quedábamos afuera mirando porque nos daba todavía el piné.
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Cómo dice Juan Miguel mas arriba, pareciera que disfrutamos nosotros de leerlo y vos de recordárnoslo, con este relato poblado de imágenes entrañables .
Gracias por el envío..!
Exactamente… El ombú era sombra, tribuna, punto de reunión y también vestuario, ya que allí muchas veces nos cambiábamos la ropa.
Gracias, Willie… Abrazo!
Jamás había escuchado el «aurrieri-diez» aunque sí conocí y me resultan muy muy familiares todas las imágenes de las canchas polvorientas del Nacional, incluído su impresionante ombú.
Recuerdo aún, con nitidez, jugadas, goles, gritos, trifulcas y otras yerbas de esos hermosos años aunque…
se me va dificultando un poco rememorar que hice en los últimos días.
En fin, no se si me mantengo de diez pero todavía estoy atento esperando un aurrieri.
Muy entretenido lo tuyo, Dickie, abrazo grande amigo!!!
Gracias, Alberto.
Es verdad lo que decís, que nos vamos olvidando del pasado reciente.
Pero en compensación nos vamos haciendo amigos de la nostalgia, que no es tristeza sino volver a lugares donde nos sentimos confortables y seguros, rodeados de caras que da placer recordar.
Un abrazo y gracias por tu infaltable aporte.
Jamás escuché que se hiciera ese ritual antes de comenzar un partido.Me resulta muy gracioso.
Yo vivía como a 10 o 15 cuadras en distintos domicilios por esos años,pero ibamos por lo menos los sábados a la mañana a «las canchas del Nacional».Era tan malo que a veces ni de arquero me ponían.Muy bueno Dickie!!
Sí, resulta poco creíble, pero es rigurosament cierto.
No solo lo recuerdo perfectamente sino que he buscado antecedentes en la web -por si lo había soñado o algo así, jajaja…- y constaté que la ceremonia existía y era muy común.
También recuerdo haber estado de muy chico en la cancha de Estudiantes y que la tribuna pidiera a los gritos ¡And…and!, por «Hand» (mano). Las locuciones inglesas estuvieron en uso mucho tiempo, aunque siempre pronunciadas «a la criolla». Incluso a principios de los ’50 todavía había en el país algunos árbitros ingleses.
Gracias por tu aporte, Jorge. Abrazo!
Dickie, excelente el rito de aurrieri! Y buenísima la descripción de las canchas con el famoso ombu. Me pareció una locura que un día algún funcionario de la municipalidad ordenara sacarlo. Era nuestra base de operaciones este elegante espécimen del árbol de la pampa, nuestro árbol patrio. Se nota que el funcionario era de otro barrio!
Recuerdo perfectamente cuando sacaron el ombú y la tristeza que me causó.
Ya no íbamos a diario a esas canchas, pero el ombú seguía siendo nuestro…
También me dio mucha pena que con la expansión de los edificios de las facultades varias de nuestras canchas -aun peladas y polvorientas como eran- fuesen devoradas por el cemento impiadoso del «progreso».
Gracias por tu aporte, Eddy. Abrazo fuerte.