Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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Aviones en picada

Al piloto aquel…

A medida que avanzamos por la vida cambiamos imperceptiblemente la orientación de nuestras antenas.  Al principio, cuando somos jóvenes, toda la atención se centra en el porvenir porque la vida  -nuestra vida-  se ubica mayormente en el futuro.  Todavía no hay demasiados recuerdos y lo más importante está, precisamente, por venir

Conforme transitamos hacia la madurez  nuestro futuro se va tornando cada vez más estrecho y, como contrapartida, nuestra mochila está cada vez más llena de recuerdos.  Entonces descubrimos que miramos más por el espejo retrovisor que a través del parabrisas…

Es la etapa en que las emociones de la nostalgia pesan más que las ansiedades por lo que habrá (o no) de ocurrir. 

Y es entonces cuando empezamos a exhumar viejísimos archivos mentales y a analizar minuciosamente recuerdos de nuestra niñez y nuestra juventud, para encontrarnos con todo tipo de material: recuerdos desteñidos, borroneados, tan desfigurados por el paso de los años (o por la falta de uso) que prácticamente no alcanzan a reflejar imagen alguna; recuerdos frescos, vívidos y tan reales que son capaces de volver a despertar en la piel y en el alma las mismas idénticas emociones que entonces nos provocaron; recuerdos confusos, distorsionados o parciales que nos hunden en un mar de dudas: “¿cómo se llamaba…?  ¿dónde estábamos…?  ¿quién más jugaba en el equipo…?   ¿fue antes o después de…?”

Y, al menos en mi caso, están también los recuerdos increíbles.  Son recuerdos de acontecimientos que sin duda he vivido, que tengo muy claros y nítidos en mi cabeza, y que  -además-  han sido confirmados o corroborados con otros protagonistas como para tener la total seguridad de que son reales aunque, vistos con la perspectiva actual, hoy parezcan absolutamente inverosímiles.

Son episodios que posiblemente yo no creería ciertos si no fuera porque efectivamente los viví, en cuerpo y alma.  Aquí van dos de ellos:

Junio de 1956:

Desde muy chicos nos acostumbramos a convivir con sucesivos golpes de estado, levantamientos militares, asonadas, revoluciones, gobiernos de facto, juntas militares y demás acontecimientos cívico militares que, con distintas motivaciones y diferentes resultados, condicionaron las primeras décadas de nuestra vida. 

El primer golpe militar que recuerdo fue el del 16 de junio de 1955, que fracasó en su intento por derrocar a Perón.  El segundo tuvo lugar exactamente tres meses después, el 16 de setiembre, y tras varios días de lucha logró finalmente destituirlo e instalar un gobierno militar a cargo, al principio, del General Eduardo Lonardi.  El acontecimiento pasó a llamarse la “Revolución Libertadora”.

Al año siguiente, en junio de 1956, hubo un alzamiento militar con epicentro en La Plata, cuando un grupo de militares copó el Regimiento 7 de Infantería que estaba en las manzanas delimitadas por las calles 19, 20, 50 y 54, hoy Plaza Malvinas, con la intención de derrocar el gobierno del entonces presidente General Pedro Aramburu.

Nosotros vivíamos en la zona de 1 y 47, es decir, a unas 20/25 cuadras del Regimiento, así que con mi amigo Mario nos subimos primero a la terraza de su casa y desde allí a los techos del edificio en el que vivíamos para tener una visión clara de lo que ocurría.

La Plata era por entonces una ciudad chata en la que solo sobresalía, por encima de cualquier otra construcción, la imagen inconfundible de la Catedral.  Así que desde nuestra posición teníamos una vista privilegiada de los acontecimientos y escuchábamos perfectamente los disparos y las detonaciones. 

Sentados en una pequeña pared, veíamos cómo los aviones de la Marina aparecían a gran velocidad desde el lado del río, pasaban atronadoramente por encima nuestro y un poco más allá se lanzaban en picada disparando o bombardeando al Regimiento, desde donde seguramente les respondían el fuego.  Luego se elevaban otra vez hacia el cielo y a lo lejos pegaban la vuelta.  Veíamos, además, que desde el Regimiento se elevaba una densa columna de humo negro que indicaba que algo importante había explotado allí, lo que aumentaba nuestra excitación.

Hoy me recuerdo con Mario, allá arriba de los techos, con solo 10 años, ajenos totalmente a la gravedad de la situación.  Nos veo divertidos y despreocupados, presenciando el espectáculo de la guerra, la guerra de verdad, que se desarrollaba en vivo y en directo a escasos dos kilómetros de casa mientras los aviones de guerra pasaban estruendosos y rasantes sobre nosostros… ¡¡y no lo puedo creer!!

20 años después:

A mediados de la década del ’70, las playas de la costa atlántica de la provincia de Buenos Aires al norte de San Bernardo tenían mucha menos concurrencia que ahora y, por ende, muy escasa vigilancia.  Por otra parte, la Ruta Interbalnearia era apenas un proyecto.  Así que, terminadas las vacaciones en San Bernardo cargábamos el auto -un Renault 6 color celeste metalizado- con todo nuestro equipaje y emprendíamos el regreso a La Plata… ¡¡por la playa!!

Sí, aunque hoy parezca impensable, nos metíamos con el auto en la playa a la altura de Mar de Ajó y, esquivando personas, reposeras y castillos de arena, viajábamos hacia el norte pasando por La Lucila, Aguas Verdes y diversos otros balnearios más chicos hasta llegar a Santa Teresita, donde para alcanzar la ruta había que superar el médano de arena seca.

Como no éramos los únicos dementes que emprendíamos semejante aventura, en el punto donde había que pegar el salto desde la arena húmeda a la calle, se formaba una especie de cola de los vehículos que, de a uno por vez, tenían que acelerar a fondo, encarar a toda velocidad hacia la trampa de arena seca y  -con más decisión que muñeca-  aspirar a llegar con el envión al otro lado para poder seguir viaje.  En el lugar generalmente se formaba un grupo de curiosos que se entretenía viendo el espectáculo y, a cambio, se prestaban gustosos a rescatar de la arena a los que quedaban encajados a mitad de camino.  El viaje luego continuaba por la Ruta 11, pasando por esquina de Crotto, Cerro de la Gloria, Punta de Indio, Magdalena y finalmente La Plata.

En uno de esos viajes, posiblemente en el verano de 1976 o de 1977, Lidia Estela, Mariana, Federico y yo vivimos a bordo del Renault 6 un episodio insólito y aterrador.  El país estaba en medio de la llamada “lucha antisubversiva”  -una verdadera guerra, cruenta, oscura y despiadada-  y por lo tanto cualquiera de sus habitantes por inocente que fuera su apariencia e intrascendente su actitud, podía ser sospechado de estar desarrollando actividades ilegales, peligrosas o inconvenientes y ser protagonista involuntario de un hecho violento y trágico.

Así que lo que ocurrió aquel día no fue en sí mismo un episodio extraordinario dentro del entorno en que se desarrolló, pero visto ahora, a más de cuarenta y cinco años de distancia, adquiere ribetes verdaderamente inconcebibles e inverosímiles.

La cosa fue así: cuando transitábamos solitariamente las cercanías de la Base Aeronaval de Punta de Indio, se apareció de pronto un avión de combate que comenzó a hacer pasadas rasantes  -muy rasantes-  ¡sobre nuestro auto!   

La acción se repitió varias veces a lo largo de unos cuantos kilómetros: el avión tomaba cierta altura y se lanzaba en picada sobre nosotros, a veces de derecha a izquierda y otras en sentido contrario.  No podíamos calcular a qué altura por encima del techo del Renault 6 pasaba el bólido, pero a nosotros nos parecían apenas centímetros, al punto que dentro del auto bajábamos instintivamente las cabezas como si ese pequeño e involuntario gesto de supervivencia nos protegiera mejor de un eventual choque, que por lo demás parecía inminente…

En cuestión de segundos teníamos que tomar una decisión: ¿qué hacemos?  ¿seguimos o nos detenemos?  Eran muchos los casos conocidos de personas que morían acribilladas por no acatar la orden de detención, pero otras tantas morían igualmente acribilladas por detenerse donde no debían hacerlo.  Entonces,  ¿qué hacemos?  ¿seguimos o nos detenemos?

Con mucho miedo, optamos por continuar viaje, sin acelerar ni disminuir la velocidad. Al fin y al cabo las maniobras se parecían mucho más a una forma de atemorizar y ahuyentar que a una orden de detención.  Pero…  ¿pensaría igual que nosotros el piloto?

El hostigamiento continuó durante largos minutos hasta que finalmente, al cabo de incontables pasadas rasantes, el avión se elevó y se alejó, posiblemente hacia la base de Punta de Indio.

Conclusión: las balas nunca llegaron, nosotros seguimos avanzando por la Ruta 11 hacia Magdalena, luego hacia La Plata, y aquí estamos…  Pero muchas veces me he preguntado, en todos estos años, qué hubiese ocurrido si en lugar de seguir andando hubiéramos optado por detener el auto.  

Creo que aquel día el Destino nos guiñó un ojo, y mientras le daba una palmadita tranquilizadora en la espalda al piloto, le debe haber susurrado al oído: «Está todo bien, flaco.  Dejá nomás, que yo me hago cargo…»

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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15 respuestas

  1. Increíbles historias! Qué miedo estar en esa situación y en esa época del último relato. En el primero, aparece la ingenuidad y la excitación por poder ver «una guerra de verdad», y no solo en las revistas! Muy buenas!!!

  2. La primera, ya lo hemos conversado, me es muy familiar.
    La segunda, tiene la cualidad de sumergir al lector que vivió en esos años dentro de la angustia entre el terror y lo desconocido. Esa sensación horrible que conocimos en los setenta y que este relato la pinta tan bien!!!

    1. Sí, claro, hemos comentado nuestras parecidas experiencias de la asonada de junio de 1956.

      El segundo episodio está enmarcado en aquella época tremenda que nos tocó vivir, imposible de transmitir en toda su magnitud a quienes no lo vivieron.

      Gracias, Alberto por tus aportes, siempre valiosos.

  3. De la época del primer episodio recuerdo el relato de mi mamá que contaba como Dorita y uds cruzaban la calle con la Marmicoc cuando la cosa se ponía densa. Sobre todo porque vivíamos cerca de YPF y esos aviones que contás podían hacer estallar los tanques.
    El segundo episodio, no lo conocía, pero imagino el miedo que habrán sentido. Los recuerdos de esa época quedaron marcados en el cuerpo.

    1. Tal cual, Diana…
      La casa de Abuela (y de ustedes) era el refugio para mamá. Cuando la cosa se ponía densa volábamos todos para allá con la olla a cuestas, jajaja…

      Por aquella época, te acordarás, se solía nombrar a la destilería de YPF como «la Petrolera», y se decía -creo que con más miedo que fundamento- que si explotaban los tanques volaba media ciudad.
      Y nosotros estábamos en la mitad más cercana…

      Sí, los recuerdos de esa época están tallados en el cuerpo y también en el alma.
      Beso grande.

  4. La primer historia me hace acordar una que me contaba mi papá. Volviendo de trabajar (tenia una obra en vieytes) nos pararon ya de noche en la calle 66 (dónde estaba la torre transmisora de radio provincia ) y el momento de tensión desde que te paraban hasta que veían que era una familia era muy duro.

    1. Si, claro, era así. Se vivían momentos de mucha tensión.
      No solo entre los civiles, los propios militares a veces estaban también muy nerviosos porque al detener a un vehículo no sabían con qué se iban a encontrar.
      Gracias por el aporte, Martín. Abrazo grande.

  5. Somos moldeables y nos acostumbramos a vivir en el lugar y en la época que nos deparo el destino. A lo lejos y en perspectiva nos demuestra nuestra alto grado de inconsciencia, pero es la misma inconsciencia que nos permite seguir viviendo.

    1. Es verdad… La perspectiva temporal cambia nuestra visión de las cosas, siempre.
      Lo que hoy vemos como inconsciencia en su momento no fue más que nuestra opción por aceptar el desafío.
      Y aceptar desafíos y tomar los riesgos es lo que nos hace crecer.
      Excelente tu aporte, Fede. Gracias.

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