La magia no existe -dijo el matemático- es solo ignorancia de las causas.
El poeta sonrió. Y le mostró una flor.
El mago del momento -hacia fines de los ‘50- era el famoso Fu-Manchú, un supuesto mandarín chino, en realidad nacido en Inglaterra, que hacía un show fantástico llamado Bazar de Magia.
Cuando supimos que vendría a La Plata a ofrecer unas funciones en el Coliseo Podestá, papá -tal como era su costumbre respecto a los acontecimientos o espectáculos que merecían ser vistos- compró entradas para toda la familia.
Y tal como era también su costumbre, sacó cinco entradas en la tertulia baja. Para quien no conoce los diferentes sectores de un teatro: abajo está la platea, a los costados los palcos (los más cercanos al escenario, casi encima de él, son palcos avant scene), más arriba de la platea está la tertulia y arriba de todo, en el último piso, el gallinero, el sector más alejado del escenario, el más económico de todos.
A papá siempre le gustó la primera fila de la tertulia porque al estar a un nivel por encima de la platea, no hay cabezas que obstruyan la visión. En un teatro no demasiado grande, como el Coliseo Podestá, era una excelente ubicación pues desde allí se veía perfectamente bien todo el escenario.
Bazar de Magia era una exhibición deslumbrante, con gran despliegue escénico, mucho color y mucha dinámica, y Fu-Manchú era realmente un mago sorprendente y extremadamente simpático, que asombraba con sus pruebas y seducía con su verborragia en un castellano graciosamente deformado por su supuesta pronunciación china.

En el último tramo del espectáculo hizo una de esas pruebas imposibles de desentrañar y mientras todos aplaudíamos maravillados por lo indescifrable de lo que acabábamos de presenciar, hizo un guiño al público, detuvo los aplausos alzando las manos, y dijo en tono cómplice que explicaría «confidencialmente y por única vez» cuál era el truco secreto de esa prueba misteriosa. Y recalcó, con tono de advertencia: “Siempre y cuando no lo divulguen, especialmente a los que vengan a las siguientes funciones…”
Empezó entonces a repetir la prueba muy lentamente, explicándola paso por paso con gran detalle, cuando de pronto se escuchó un griterío tremendo que provenía de un palco alto de la izquierda, casi encima del escenario. Vimos entonces dos figuras humanas moviéndose en la penumbra con gritos del tipo: «¡Basta, basta…!» «¡¡No te soporto más!!» y la silueta de un hombre tomando del cuello a una mujer, que gritaba desesperada. En medio del griterío, la sacudía en el borde de la baranda hasta que finalmente la empujó y cayó pesadamente sobre el escenario, levantando una gran polvareda que cuando se disipó, nos permitió ver que se trataba solo de un gran muñeco de trapo.
Disipada también la conmoción en la sala, todos volvimos nuestra atención hacia Fu-Manchú quien, impasible, terminaba en ese momento de explicar el truco y con una gran sonrisa rebosante de picardía, nos decía: «…y así es como se hace esta prueba… por favor, no se lo digan a nadie…» Y poniéndole punto final a la función, se retiraba de la escena en medio de un gran aplauso.
Terminado el show mis hermanos y yo le pedimos por favor a papá que sacara nuevas entradas para otra función, y así poder escuchar la explicación de Fu-Manchú haciendo caso omiso del falso escándalo en el palco.
Papá, por supuesto, se negó diciendo que lo que habíamos visto era el espectáculo tal como el artista lo había concebido y que así había que aceptarlo.
A más de 60 años de aquella noche fantástica, la incógnita aún persiste.

11 respuestas
Dickie, fantástica la anécdota!!!
Con qué simpleza de elementos y con cuánto ingenio les explicó Fu-Manchú el secreto de ese truco…y de todos los trucos: la habilidad está en desviar la atención en el momento justo.
Enorme recurso que siempre es bueno tener a mano en un bolsillo.
Felicitaciones como siempre, otro impecable relato que nos deja enseñanzas.
Síííí, tal cual Alberto…
Fu-Manchú resultó un enorme estratega.
Al punto tal que a pesar de las décadas transcurridas, el recuerdo de aquella noche sigue vivo e intrigante.
Abrazo grande.
Muy bueno Dickie el relato. Me pareció genial la forma que eligió Fu-Manchu para conservar la intriga y que aun hoy no se halla disipado. Además tiene otra parte buena: que esa intriga, aún siendo grande, sigue viva en tu mente como antes.
Coincido en que siempre es bueno tener algún truco a mano…
Felicitaciones!
Gracias, Laura…
Esos hechos que nos impactan cuando somos chicos (yo tendría 10 u 11 años) quedan grabados a fuego en nuestra memoria.
Y lo lindo es que cuando los revivimos volvemos a tener aquella edad.
Por un rato, claro.
Beso grande.
Hola Dickie, tardé en leerlo porque me olvidé; hoy JF te nombró y me apure a enmendar mi desmemoria, no sea cosa que no vuelva a ocurrir!
Me gusto! Sigo insistiendo que manejas muy buen el suspenso y tenes al lector «en vilo»(uso el entrecomillado porque no hay bastardilla).
Lo que me encantó es el epigrafe!!!
Cariños
Muchas gracias, Mona.
Valoro mucho tus comentarios porque sos experta en el tema.
De todas formas, aunque las apreciaciones de cualquier tipo son siempre bienvenidas, nadie debe pensar que es «obligatorio» hacerlas.
Un cariño grande para vos y tu linda familia.
Quedate tranquilo, no me siento obligada! …y tampoco soy experta, soy lectora…jaja.
Admiración absoluta hacia los magos… Raza distinta. ¿serán de acá?
Síííí… comparto totalmente tu sensación.
Los magos son fantásticos, son geniales… ¡son mágicos!
Dickie, recuerdo aquella función como si fuera ayer! Hermosisimo recordarla!
No tenía dudas de que lo recordarías. Esos episodios que marcaron nuestra niñez quedaron grabados a fuego en nuestra memoria y en nuestro espíritu.