A Jorge Sbarra. Mi primo, mi hermano, mi amigo.
A poco de recibirnos en la Universidad, mi amigo Martínez y yo ingresamos como becarios en una importante empresa metalúrgica. Nos tomaron a prueba por seis meses, con un sueldo mínimo, y aunque no se nos dijo directamente, intuíamos que solo uno de los dos se quedaría con el puesto. Eso no suponía un problema para nosotros, que habíamos estudiado varios años juntos y desarrollado cierta amistad que estaba más allá de una eventual puja por un cargo. Al fin y al cabo, nuestra carrera profesional recién comenzaba, queríamos ganar experiencia y teníamos todo el futuro por delante.
Yo tenía 25 años, era soltero y aunque el fútbol seguía siendo -como hoy- mi deporte favorito, mi mayor interés pasaba en ese momento por el rugby. Era el capitán de mi equipo, me entrenaba rigurosamente tres o cuatro veces por semana y mi estado físico era impecable. Martínez, en cambio, se inclinaba por la música, especialmente por el rock, y pasaba muchas horas ensayando con su guitarra eléctrica.
A los pocos días de ingresar, nuestro jefe recibió un desafío del jefe del departamento vecino para enfrentarnos en un partido de fútbol, y nos emplazó a participar.
–Tenés que venir, sí o sí. –me dijo– El año pasado cuando vos todavía no estabas en la Empresa nos hicieron seis goles y todavía nos están refregando el triunfo en la cara. Esta vez no podemos perder… Vos también vení, Martínez, –agregó después, marcando una diferencia entre ambos que me puso algo incómodo– cuantos más seamos, mejor…
Jamás desprecié una invitación para jugar al fútbol así que acepté con gusto y allá fuimos. Como reconocimiento, o tal vez como incentivo, mi jefe me dio la camiseta con el “10”. A Martínez le tocó la “16”. Conocía poco a mis compañeros, pero al menos sabía sus nombres, a excepción de uno, algo mayor, a quien nunca había visto y que, con la “2” en la espalda, se plantó como defensor sin decir nada.
–¿Ése quién es, cómo se llama? –le pregunté a Martínez antes de empezar.
–No sé, se llama Patricio. –me respondió, y agregó con una sonrisa burlona– Pero todos le dicen Chupamiel…
Chupamiel era un personaje secundario que aparecía en ‘Las correrías de Patoruzito’, una revista de historietas que era muy popular en aquel momento. Chupamiel era un niño tehuelche de pocas luces, que siempre aparecía con un tarro de miel en la mano, chupándose un dedo. Era el nieto del brujo Chiquizuel, enemigo acérrimo de Patoruzito, y tanto él como su abuelo eran personajes negativos, despreciables, invariablemente dispuestos a hacer alguna canallada en perjuicio de Patoruzito.
No era momento para indagar por qué al tal Patricio le decían Chupamiel, ya habría tiempo para eso. Así que empezó el partido y, siendo el más joven y mejor preparado físicamente, en pocos minutos me convertí en el organizador del equipo y comencé a dar indicaciones a mis compañeros, que sin chistar me aceptaron como líder.
Nuestro Chupamiel era no solo el de mayor edad, sino también el más lento y el menos dotado futbolísticamente. De hecho, los dos primeros goles los hizo el delantero a quien él debía marcar. Así que mis indicaciones lo tenían siempre como destinatario.
–¡Dale, Chupamiel, marcalo de cerca que se te escapa! Bien, así, así… ¡Sacala, Chupamiel, sacala rápido que te comen! –yo alentaba y dirigía a mis compañeros con un entusiasmo desbordante y me multiplicaba para cubrir todos los sectores de la cancha. Y Chupamiel -pobre muchacho, que ya no era tan muchacho- hacía un esfuerzo descomunal para disimular su pobreza futbolística e intentar cumplir con mis exigencias. No habló en todo el partido y se mantuvo siempre con un gesto adusto y hosco que yo atribuí a la concentración y el esfuerzo que ponía para intentar controlar al delantero adversario que, sin embargo, siempre se las ingeniaba para superarlo. Promediando el segundo tiempo se quedó definitivamente sin aire y se tiró al costado de la cancha, boqueando desesperadamente mientras indicaba por señas que no podía más, que se había acalambrado.
–¿Qué pasa, Chupamiel, descarrilaste…? ¡Un esfuercito más, daleee…! –intenté estimularlo tocándole el amor propio, pero me miró muy serio y no me respondió. Se quedó allí, sentado en el pasto, con hielo en las dos piernas.
Lo peor de todo, al menos para mí, fue que a pesar del esfuerzo volvimos a perder. Mis compañeros, en cambio, parecían satisfechos. Después de la goleada anterior, el 3-4 del final no les caía del todo mal y casi puede decirse que festejaban el resultado.
Chupamiel, por su parte, continuaba alejado del grupo, pálido como un papel, todavía sin poder hablar y con serias sospechas de que los supuestos calambres eran en realidad sendas distensiones en los gemelos.
Mientras nos recuperábamos tomando algo fresco, mi jefe se acercó, me palmeó la espalda y me agradeció como si hubiésemos ganado.
–Gracias, muchas gracias, quizás la próxima nos vaya mejor… –respondí, y aproveché para sacarme la duda– ¿Quién es este Chupamiel? ¿De dónde salió?
–¿Te referís a Patricio Darwin? –respondió– No sé de dónde sacaste que se llama Chupamiel. Me pidió jugar y no me pude negar; es el gerente general de la empresa.
10 respuestas
Buenísimo, comparto la época de las «Correrías…», un fenómeno Martínez con su «no dato» a su amigo sobre Patricio Darwin «Chupamiel»…. jajaj
Sí, junto con Patoruzú e Isidoro Cañones, Patoruzito marcó toda una época en que las historietas todavía no había sido reemplazadas por la televisión.
Hermosa época…
Muchas gracias por la devolución.
Muy bueno, el relato
Merece un 10 felicitado
Muchas gracias, Eduardo…
Qué bueno que te gustó.
Abrazo grande
¿Lo tuteaste al gerente general?…!!
¿No te echó de la empresa después de ese partido?…
Siendo éste el primer comentario que escribo, agrego que el «Inicio» de Ensoñaciones me pareció maravilloso por el vuelo literario y las imágenes adosadas… Felicitaciones!!
Una de las enormes ventajas que tiene el deporte en equipo es que dentro de la cancha todos son iguales.
No podés integrar un equipo y tratar de «usted» a un compañero.
La macana fue el «Chupamiel»…
Por lo demás, gracias, Jorge, por el comentario.
Me alegro de que te haya gustado.
Excelente, Dickie!!!!
👍👍👍👍👍👍👍
Gracias! Y gracias especiales por la devolución.
Excelente relato… lo encontré buscando referencias de «chupamiel», de hecho me devoraba las «correrías»… tengo un hijo de 9 años, a quien socarrona mente le dijeron «chupamiel» por supuesto sin la menos idea él de a quien se referían… al final quedó contento… Yo seré Gerente de Empresa concluyó…
Jajaja… muy bueno…
Es verdad, las Correrías… y otras historietas llenaban un espacio muy grande en nuestra niñez y temprana juventud.
Todos los personajes que entonces conocimos son inolvidables para nosotros.
Muchas gracias por tu comentario. Saludos.