«Somewhere in Jutland lies the farm, the fields, the meadows. I remember everything in detail. Here I spent my happy childhood and my delightfully carefree holidays. I will see it all and I will recognize every spot…» [Ing. Mads K. Randrup: “Travel essays”] (*)
Estoy acostado de espaldas, a oscuras. Cierro los ojos y me relajo. Lentamente me invade un sopor cada vez más profundo. Los párpados me pesan. Los ruidos de la calle suenan lejanos, como si con el adormecimiento que me invade todo se apagara de a poco. Solo escucho ahora mi propia respiración, pausada y profunda. Y mis latidos, tenues. Unas nubes espesas, pesadas pero a la vez luminosas, me envuelven y ya no puedo distinguir de qué lado de la frontera entre la vigilia y la ensoñación estoy. Mi cuerpo no existe.
De pronto, aparece mi abuelo Mads, el danés, el vikingo. Con toda naturalidad, como si nos hubiésemos visto ayer, me habla una vez más del punto aquel en el extremo de la península de Jutlandia “donde los dos mares chocan entre sí”, retomando sin preámbulos la charla que tuvimos hace siete décadas, cuando yo tenía solo cinco años.
—Sé que fuiste a Skagen… —me dice, insinuando una sonrisa leve que no alcanza a concretarse— Como te lo pedí…
Estoy conmovido. Quiero decirle que sí, que en 2007 estuvimos allí, en el exacto punto “donde Dinamarca se termina”; que fuimos con parte de la familia, para homenajearlos a él y a la abuela Bertha al cumplirse 100 años de su llegada a la Argentina. Que para mí fue una experiencia personal extraordinaria, muy profunda, casi mística, que espero que mis nietos repitan algún día… pero no puedo hablar. Un estremecimiento muy profundo me oprime la garganta y el pecho, y mi voz no sale. No puedo articular palabras.
—Pedro, tu nieto mayor, debe ir, por supuesto —agrega, como si hubiese leído mis pensamientos— Y debe buscar la piedra enterrada, el jaspe rojo…
—¿El jaspe rojo? ¿Qué es el jaspe rojo? —quiero preguntar, confundido. Pero la excitación me impide hablar.
—El jaspe rojo es la gran piedra donde dejé todo: nuestra historia y las instrucciones para ustedes… —nuevamente la respuesta llega sin que la pregunta haya sido formulada— Es rojo, brillante, como aquella pequeña muestra que puse en tu mano y guardaste en el bolsillo derecho del pantalón… Lo enterré antes de que los alemanes construyeran el bunker en la playa, allí en Grenen. Pero sé que todavía está donde lo dejé.
Recuerdo perfectamente el bunker de hormigón, abandonado en la playa sobre la costa oriental de la península, frente al Kattegat, el estrecho que separa a Dinamarca del sur de Suecia. Desde allí los alemanes controlaban el paso de los barcos que pasaban del Mar del Norte al Mar Báltico y viceversa; y si era necesario, los atacaban. Nos sacamos fotos y hasta nos trepamos al techo del bunker desafiando al viento helado que venía del mar. Pero del jaspe rojo, ni noticias.
—A 17 metros exactos del bunker, a dos metros de profundidad en la arena, está enterrado el jaspe rojo y con él toda la información… —me dice Mads, ahora muy serio— Queda en tus manos… y las de Pedro.
Me despierto sobresaltado. Todo es tan intenso y tan real, pero a la vez tan lejano y tan insólito, que me quedo acostado pensando y repasando palabra por palabra, escena por escena, para que la memoria no me traicione y se lleve todo con un soplo.
Cuando estoy seguro de haber memorizado lo ocurrido, ya más sereno, me levanto y voy a la computadora. Busco las fotos del viaje aquel en 2007, abro la carpeta que dice “Skagen” y me zambullo en las imágenes digitales del archivo. Veo la lengua larga de arena que se interna como una cuchilla entre las olas que vienen del Mar Báltico (por el Kattegat) y las olas que vienen del Mar del Norte (por el Skagerrak), y nosotros allí muertos de frío, pero maravillados por el espectáculo de “los dos mares que chocan entre sí”, como lo había definido mi abuelo. Me recuerdo a mí mismo emocionado y feliz pensando en él, sabiendo que acababa de cumplir con su mandato.
Y veo las fotos de la playa, con más piedras que arena; veo la réplica del antiquísimo faro de madera negra que funcionaba en el siglo 17; veo la iglesia enterrada por las dunas de las que solo emerge el campanario blanco; veo a la distancia flamear el Dannebrog, la bandera nacional de Dinamarca, la más antigua del mundo, que fue arriada por los nazis cuando invadieron el país; veo el bunker alemán abandonado y cubierto de graffitis, como testimonio mudo pero irrefutable de la caída del Tercer Reich; y nosotros allá arriba de la mole de hormigón, tiritando de frío pero deslumbrados por lo que estábamos viviendo…

Con nostalgia, pero también con renovado interés, repaso una por una las imágenes de aquel viaje familiar fantástico, increíble, que tuvimos la suerte de realizar inspirados por mi abuelo Mads, a quien casi no conocí y de quien tengo muy pocos recuerdos concretos más allá de una lejana charla sobre el punto aquel en el extremo norte de Jutlandia “donde los dos mares chocan entre sí”, y que -me dijo entonces- un día debería conocer.
Me quedo pensando en el extrañísimo sueño que tuve y concluyo que es totalmente disparatado, seguramente influenciado por vaya a saberse qué película o qué lectura reciente. Y, más allá de lo inusitadamente vívido que me pareció todo, me quedo con esa conclusión: un sueño absurdo, descabellado como tantos otros, que seguramente pronto olvidaré.
Hasta que pongo la mano en el bolsillo derecho de mi pantalón y encuentro una piedra roja, extremadamente brillante, que jamás había visto. ¡El jaspe rojo!
Busco el celular para llamar a Pedro. Tiene una misión por cumplir.


_____________________________________________________________________________
(*) «Y en algún lugar de Jutlandia está la granja, los campos, las praderas. Recuerdo absolutamente todo con precisión. Allí pasé mis felices días de la niñez y mis despreocupadas vacaciones juveniles. Observaré todo con atención y recordaré cada detalle…» [Ing. Mads K. Randrup: “Travel essays”]
8 respuestas
Hermoso recuerdo!!!!
Sería genial que fueras vos con Pedro.
Sí, sin duda. Sería una experiencia fantástica, para ambos.
Pero también estaría bueno que algún día él sintiera, por las suyas, que tiene que ir. Como me pasó a mí con mi abuelo.
La vida dirá…
Gracias por el aporte. Es lindo que la familia participe de mis ensoñaciones.
El beso de siempre.
Hola Dickie. Hermoso recuerdo. Nosotros estuvinos en Jutland un par de veces cuando viajabamos en auto y luego en ferry hasta Dinamarca. Hermosas e inmensas playas de arena. Recuerdo los bunkers alemanes que recordaban la segunda guerra mundial. Ibamos asi antes de la construccion del puente que hoy une a Suecia con Dinamarca.
Claro…. ustedes vivian relativamente cerca!
A nosotros nos deslumbró todo ese paisaje, que además tenía una gran carga emotiva.
Cuando estuvimos en Copenhague cruzamos a Malmo por el Puente de Øresund, en tren. Hermoso.
Abrazo grande y gracias por tu aporte.
excelente narrativa, me encantó y me llevo a ese lugar que tanta reminiscencia te recuerda. Abrazo grande Dickie.ed
Gracias, Eduardo.
El lugar -Grenen- es verdaderamente fantástico, pero para mí tuvo rasgos casi mágicos.
Lo viví como una experiencia muy fuerte, muy conmovedora.
Gracias por tu comentario. Abrazo fuerte.
Que bien hace recordar pasajes de nuestra vida, máxime si en ellos incorporamos a nuestros antepasados. Abrazo
Así es, Alfredo.
Recordar de dónde venimos sirve para apuntar mejor hacia donde vamos.
Abrazo grande, gracias por tu aporte.