Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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El poeta

A Roberto Sbarra, maestro de la vida.

La historia que voy a referir es verídica.

Sucedió en Montevideo, más precisamente en Ciudad Vieja, el antiguo barrio cercano al puerto donde aún se escuchan los lejanos ecos de las llamadas ancestrales, de los candombes y de las payadas que alimentaban por pocos días los sueños de libertad que los esclavos negros encendían en las noches de Carnaval.

Como decía, los hechos son reales, aunque  -también hay que decirlo-  ocurrieron en un tiempo que nunca existió.

Fue precisamente en una noche de carnaval, teñida por el retumbar de los tam­boriles, los bailes, el alcohol… y otras desmesuras.

Estoy en la barra de un piringundín, un tugurio como tantos otros de la zona, sin saber por qué ni desde cuándo.  Como la mayoría de los que están allí.  Veo en un rincón junto a una ventana a un hombre con aspecto desesperanzado y triste, también como tantos otros.  Tiene una botella y un vaso vacíos, y su mirada  -vacía también-  parece atravesar el vidrio hacia ningún lado. 

Sin embargo, más allá del desasosiego que emana de su imagen advierto una chispa de luz en su mirada, como si de ese abatimiento que parece abrumarlo, de ese agobio que denota su cabeza gacha y sus hombros vencidos, brotara un brillo superador, inexpugnable y puro.  Es la mirada de los elegidos, la de aquellos que haciendo pie en su propia tragedia interior y a despecho de la angustia con que transitan su existencia, pueden ver más allá de su desgracia y encuentran el camino para expresar de manera brillante y única sus sentimientos más profundos y conmovedores.  Es la mirada del artista, la mirada del poeta.  No mira hacia afuera a través de la ventana que tiene delante, sino hacia adentro.  Hacia su propio interior.

Es mejicano.  Trabaja en la embajada, aquí cerca. No sé cómo se llama; viene casi todas las noches —me responde el cantinero cuando le pregunto por el sujeto.

Lo miro con más detenimiento, observo su vestimenta, veo su calvicie incipiente, sus espesos bigotes negros… y comprendo.

¡No es empleado!  ¡Es el embajador mejicano o el ministro plenipotenciario, o algo así!  ¡Es Nervo!  ¡¡Amado Nervo…!! —le digo casi gritando al cantinero, que me mira atónito sin entender ni importarle mayormente lo que le estoy diciendo.

¡Deme una botella de lo que el hombre está tomando… y un vaso!

Con la botella en una mano y el vaso en la otra me acerco, me presento y le ofrezco tomar juntos.  Él me invita a sentarme con cierto aire de indiferencia que tal vez tiene también algo de desconfianza.

Le cuento que conozco sus poesías, que era el poeta preferido de mi tío Roberto quien siempre que reunía a sus sobrinos nos recitaba aquellos versos maravillosos que decían: “Esta llave cincelada, si no cierra ni abre nada, ¿para qué la he de guardar…?”

Recito de memoria, aunque salteados, varios versos de aquella poesía entrañable, lleno su vaso un par de veces y finalmente  -ya más distendido-  me dice:

—Me caes bien… Tú y yo vamos a hacer un poema, juntos…

—…

—Sí, hombre…  Tú consíguete lápiz y papel que yo me encargo del resto —me dice con una sonrisa incipiente que probablemente sea la primera que asoma en varios días.

Parto raudo hacia la barra, en el camino tomo unas servilletas de papel de una de las mesas y literalmente le arranco un lápiz de la oreja al cantinero que no se atreve a decirme nada ante la perspectiva cierta de venderme otra botella, tal como viene la mano.

El Poeta garabatea un rato en la servilleta, tacha, reescribe y finalmente pasa en limpio.

—Toma —me dice—.  Se llama Cobardía, y la hicimos juntos.

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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8 respuestas

  1. Cierta vez íbamos en el auto de Roberto con mis hijxs. Aunque para él la luz roja sólo indicaba PRECAUCIÓN, se detuvo frente al semáforo. Tal vez para pasar el tiempo o quizás realmente lo creía, nos dijo: miren atentamente porque ahora va a pasar un conejo rojo saltando. Lo vieron? Siiiiii, dijeron lxs chicxs. A Roberto le hubiese gustado mucho tu historia.

    1. ¡Qué fenómeno que es Roberto! (y el verbo en presente no es un error)
      Sus cuentos, sus anécdotas, sus historias increíbles, nos siguen alegrando la vida y nos trascenderán.
      Nuestros hijos y nietos continuarán divirtiéndose con ellas.
      Gracias por el dato, Diana. Voy a prestar más atención en los semáforos rojos…

  2. Roberto recitando la poesía de la llave es uno de los grandes recuerdos de mi infancia.
    Infaltable en cumpleaños, Navidades y cualquier evento familiar.
    Ahora… qué pena que me perdí el conejo rojo!!!!

    1. Gracias, Antonio.
      Gracias por interesarte en mi página y también por tu comentario.
      Los aportes de los lectores son siempre importantes porque complementan el texto principal.
      Espero seguir teniéndote por aquí. Sos bienvenido.
      Abrazo virtual.

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