A Federico Randrup, capaz de decir, enojado: «No soy yo cuando me enojo, te como las amígdalas; tardo tres segundos en matarte...», y sin embargo ser más bueno que el pan.
Ocurrió hace unos años, una fría mañana de agosto, en Buenos Aires. Por entonces yo viajaba a la Capital dos o tres veces por semana para atender diferentes asuntos que tramitaban en los tribunales del Fuero Comercial. Aunque los juzgados que debía visitar estaban distribuidos en diferentes edificios no muy lejanos entre sí, a veces, para ganar tiempo, tomaba un taxi para trasladarme de uno a otro.
Aquel día estaba bastante atrasado así que salí del edificio de Marcelo T. de Alvear y al ver que en la esquina se desocupaba un taxi, no lo dudé: apuré el paso y en cuanto el coche quedó libre, me subí.
–Buen día… –dije– A Corrientes y Uruguay, por favor.
Para mi sorpresa, el taxista se dio vuelta y mirándome muy serio, con el ceño fruncido del que sobresalían dos espesas y peludas cejas negras, me dijo en muy mal tono:
–Dígame… ¿usted es macho o qué…?
Hay momentos en que el tiempo parece congelarse y en solo un instante infinidad de pensamientos pasan por la mente como un rayo. Lo primero que advertí es que si bien era un hombre de cierta edad, más o menos de mi generación, tenía un tamaño comparable a un segunda línea de los All Blacks. Al mismo tiempo, mi cerebro repasaba mis últimos movimientos: “¿Saludé correctamente…? ¿Golpeé demasiado fuerte la puerta al cerrarla…? ¿Dije algo inconveniente…?”
Y en ese veloz repaso mental del último minuto ningún indicio aparecía como para revelarme qué había ocurrido ni cómo, de pronto, me encontraba envuelto en una situación inesperada e inexplicable. Intuía que si respondía que sí iba a tener que medir fuerzas con el grandote, pero si decía que no… bueno, si decía que no, podía ser mucho más doloroso…
Paralelamente, ante lo insólito del caso, en otro rincón de mi cerebro una lucecita roja se encendía y me advertía que lo mejor en estas circunstancias es mantenerse en una posición neutra y ganar tiempo antes de decidir una respuesta. Y lo mejor para ello era contestar con otra pregunta:
–Perdón, no le entendí… ¿cómo dice? –respondí, haciéndome el distraído.
–DIGO SI USTED ES MACHO O QUÉ… –redobló su apuesta el tipo, marcando cada una de las palabras y sin que le cambiase la expresión hosca con que me miraba.
La situación empeoraba a cada instante. Por un momento se me cruzó la bochornosa idea de abrir la puerta del taxi y huir. Pero, ya se sabe, hay que tener un resto de valor para asumir abiertamente la propia cobardía sabiendo que se deberá convivir con el oprobio de allí en más. La estupidez me parecía más digna, así que opté por quedarme y mantener mi estrategia.
–¿Por qué me lo pregunta? –dije con mi mejor cara de jugador de poker, intentando que no se notara hasta dónde se habían disparado mis pulsaciones.
–Porque hay que ser muy, pero muy macho en un día frío como hoy para salir a la calle tan desabrigado como está usted… –respondió el taxista, mientras su cara se iluminaba con una enorme sonrisa y el rugbier furioso se evaporaba para transformarse súbitamente en un cachorro de oso, amigable y extremadamente simpático.
Celebré su chanza con una sonrisa que para él habrá sido de reconocimiento a su ingenio y gracia, pero para mí era de tranquilidad y alivio.
En pocos minutos llegamos a destino; después de pagarle el viaje y antes de bajar del auto, le dije:
–Usted me engañó… por un momento pensé que íbamos a tener que pelearnos…
–Noooo… –respondió blandiendo nuevamente su sonrisa franca y bonachona– ¿A usted le parece que a nuestra edad vamos a estar peleándonos como chicos…?
Y al momento de arrancar en busca de otro pasajero, agregó, siempre sonriente:
–Abríguese bien, que no estamos en edad de andar desafiando al frío…
8 respuestas
Qué bueno, excelente Dickie!!!! Lograste crear en pocos líneas una situación imprevisible, angustiante, que escapó -cuando no- por la tangente del humor.
Felicitaciones!!!!
Muchas gracias, Alberto.
Un fenómeno el tachero: me tuvo de hijo desde que subí al taxi hasta que me bajé…
Abrazo…
Muy bueno pá. No conocía esta anécdota, pero sin duda, se merecía ser la excusa para esta historia!
Párrafo aparte para la dedicatoria!!! 🙂
Jajaja… La pasé mal al principio, pero resultó divertido al final. ¡Un genio el tipo!
Muy bueno Dickie!! La situacion que describiste con el taxista la vivimos bastante seguido. Nos hablan y parece que nos estan atacando o por lo menos sentimos esa sensacion aunque como en tu caso era un consejo para cuidarte y no andes desafiando el frio…Por eso lo importante es tener una escucha empatica…escuchar con la intencion de comprender. Abrazo grande y esperamos tus comentarios y narraciones que tanto nos gustan.
Muchas gracias, Charlie querido.
Me tocó aquel día un personaje muy especial: un actorazo que me hizo creer que me comería crudo y resultó finalmente un humorista genial.
Gracias por el aporte. Un abrazo.
Excelente… ! Bien que no te bajaste y mantuviste la dignidad intacta. Además en esa posición estabas con ventaja, tenías las amígdalas a tiro !
Jajajaja…. Naaaaa… yo no le puedo comer las amígdalas a nadie… ¡estoy retirado!
Además, me hubiese perdido el final de la historia, y ustedes también.
Gracias por el aporte,