Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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Hacerse hombre

A Franco Di Lucca, a quien hice hombre con un guadañazo criminal en la playa de Aguas Verdes, allá por 1990.

Cuando éramos chicos nuestros viejos nos contaban que en su juventud eran considerados mayores el día en que comenzaban a usar pantalones largos, lo que en general coincidía, también, con la entrega de «la llave» de la casa que era una especie de simbólica autorización para regresar a cualquier hora o, en todo caso, a no regresar.

Otros pensaban que el hito que marcaba el fin de la niñez y el definitivo ingreso al mundo de los mayores pasaba por el primer cigarrillo fumado delante de la familia o la iniciación sexual del joven.  En este sentido, no eran pocos los casos en que los propios padres (no las madres) intercedían ante algún tío, padrino o amigo para que hiciera los arreglos con alguna madama comprensiva, tolerante y accesible que facilitara el debut sexual del mocoso («verle la cara a Dios…» se solía decir).

Hoy en día ya no hace falta recurrir a esas artimañas porque cuando los padres empiezan a pensar que quizás en breve vaya siendo hora de hablar algunos temas, los chicos hace rato que han superado ese debut, y hasta a veces ya están embarazados…

En otras culturas la cosa era menos sencilla y placentera ya que para sacar carnet de mayor había que salir a cazar  -solo-  y volver con algún animal salvaje.  Un león, por ejemplo. 

Hernán Casciari sostiene sabiamente que empezamos a ser  grandes el día en que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos.  Dice que cuando un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, es porque ha descubierto que tiene alma, se ha hecho hombre.  En el Río de la Plata, es una alternativa válida.

El primer pantalón largo… el primer cigarrillo… el primer polvo… el primer león… el primer mate…   Cada uno tiene su teoría.

La mía es diferente.  Futbolero como soy, yo creo que se adquiere la hombría el día en que jugando al fútbol con los grandes el pibe es tratado de igual a igual y recibe sin contemplaciones el primer patadón  -alevoso, preferentemente-  que lo igualará definitiva e irrevocablemente con sus mayores.

El instante aquel en que, en lugar de dejarlo ir indulgentemente con la pelota como tantas otras veces, el mayor le aplica un soberano, traicionero y cariñoso puntapié y lo deja despatarrado en la cancha (o en la arena, ya que estas circunstancias se dan muchas veces en partidos familiares, en la playa) constituye el excelso momento en que el niño ha dejado de serlo para integrarse de una vez y para siempre al mundo adulto.

Ese instante sagrado en que el mayor barre desde atrás al chico con un guadañazo asesino, cortando el contragolpe y desbaratando el peligro de gol, marcará un antes y un después en la vida del imberbe que  -preocupado seguramente por comprobar si se encuentra entero o si perdió algún hueso en la jugada-, no advertirá que su alma ha sido tocada y que no es la pelota lo que acaba de perder, sino su inocencia.

El gestor de semejante transición tampoco será reconocido por sus pares quienes seguramente le reprocharán con dureza el gesto invocando falta de consideración y escrúpulos, y lo recriminarán por la diferencia de edad, de fuerza y de peso con el chiquilín. 

Obnubilados por la incomprensión y el repudio hacia el infractor no serán capaces de percibir que han sido testigos de un momento sublime en la vida del joven.  Y que aunque pueda parecer doloroso o salvaje, se trató de un verdadero acto de amor y respeto, un reconocimiento directo, genuino y rotundo de la madurez alcanzada por el muchacho.  Nadie advertirá, tampoco, que es mucho más peligroso salir a cazar un león.

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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26 respuestas

  1. Con vos no tomé «»unos mates, solos»».

    Con vos compartí una charla en el borde de un tanque australiano que quería ser pileta de natación.

    Con vos se fomentó una amistad que perdura a través de las décadas.

    Con vos, FLAQUITO

    1. Todo eso que recordás es absolutamente cierto.
      Mucha agua corrió bajo el puente y son muchas las vivencias compartidas que cimentan y dan forma a nuestra amistad.
      Pero -honestidad ante todo- debo confesarte que el fundamento mayor del afecto que tengo por vos, Charlie, es que seguís diciéndome «Flaquito».
      Y eso no tiene precio…

    1. Juan Manuel, hemos sido vecinos de edificio allá lejos y también de platea en el UNO, antes de la pandemia. Coincido totalmente con vos que la argumentación futbolera de Dickie sobre la pérdida de la inocencia es realmente muy buena. Cordial saludo!!

  2. Dickie, qué satisfacción comentarte!!! Me encantó tu texto porque expresa, me parece, esa cualidad tan particular (por qué no misteriosa) que tenemos algunos de transformar un hecho circunstancial, un instante de tantos y tantos, en la posibilidad de crear un relato. Me encantó!!!
    «…no advertirá que su alma ha sido tocada y que no es la pelota lo que acaba de perder, sino su inocencia.» Qué cierto!!!
    Felicitaciones amigo!!!!

    1. Gracias, querido Alberto.
      Valoro muchísimo tu aporte porque sé que compartimos el mismo placer (¿o necesidad?) de volcar en palabras escritas nuestras vivencias.
      Te reconozco como un Maestro en eso y te agradezco tu comentario.
      Abrazo grande.

    2. Un amigo me envió el texto, es así, para un futbolero es madurar de golpe. Lo sentí en carne propia y con el tiempo se lo hice notar a un sobrino, al qué no podía detener. Mi hermano y la gran mayoría me lo recriminaron. Mi sobrino ni abrió la boca.
      Tú relato me encantó. Felicitaciones.

  3. Original interpretacion del pasaje de la adolecencia a la adultez. Como futbolero que tambien soy, comparto que ese instante unico e irrepetible (el del guadañazo), dado sin remordimiento alguno y no recibido por el destinatario con enojo o ira, sino por el contrario con cara de NO ME DOLIO, significa para el joven agredido un inocultable paso a transformarse en HOMBRE.

    1. Me saco el sombrero porque usted, amigazo, ha entendido TODO…
      Futbolero como sos, Oscar querido, no tenía dudas de que tendríamos la misma mirada sobre ese momento sublime.
      Seguramente nos ha tocado estar en ambos lados: de chicos, jugando -por fin- con los grandes, bancándonos el patadón con cara de «no me dolió».
      Y de grandes, haciéndole sentir a algún borrego impertinente que no nos va a pasar así nomás…
      Muchas gracias por tu aporte.

  4. Me gusto mucho, a pesar de que -como bien decis- no soy futbolera. Y creo que me gusto, ademas de que porque esta muy bien escrito, porque se trata de otra cosa y no de futbol: esa relacion tan valiosa entre diferentes generaciones, del crecimiento y los vinculos .

  5. Soy amigo de Máximo Randrup, tu hijo sol.
    Y lo vi jugar en las arenas movedizas de la Primera C.
    Pensé en la grandeza de ese chiquitín (que ama la escritura como su papá y como este loco) cuando se bancaba esas «murras» como un angelito.

    1. ¡Colo querido…! Qué grata sorpresa y qué alegría tenerte por aquí…
      Lo he seguido por todas las canchas (a excepción de una sola -la única- que no me dejaron visitar: San Telmo, en la inabordable Isla Maciel), y sé que fue así.
      Era lo que correspondía por otra parte. Si no te bancás las murras, no podés ponerte la camiseta.
      Abrazo enorme y gracias por tu aporte.

  6. Excelente relato sobre un momento único e irrepetible. Este es un ámbito futbolístico. Me pasó varias veces de guadañarlos a hijos de amigos y nunca un reproche. A veces una sonrisa «gastadora». Abrazote enorme Dickie

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