Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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Hola centauro, qué tal…

«No existe el misterio. Solo existe nuestra incapacidad para desentrañarlo.»
[Escuchado por ahí, hace tiempo, y apropiado desde entonces]

Estoy en mi oficina solo, con los números.  Y con la música de Ennio Morricone.  Son las cinco de la tarde pero todo se ha oscurecido súbitamente por un anunciado temporal que ya, en este preciso momento, se desata con fuerza sobre la ciudad.  El agua y el viento golpean violentamente contra paredes y techos, y el estrépito ensordecedor que provocan se superpone a la música eclipsándola casi por completo.  Es una tempestad inusitada, una tormenta digna de geografías más tropicales, así que dejo el trabajo por un momento y me acerco a la ventana para no perderme el espectáculo de la Madre Naturaleza exhibiendo (¿enojada quizás?) todo el poderío de su carácter indoblegable.

Desde el primer piso donde estoy veo el barrio vacío, los viejos plátanos de la avenida contorneándose con elasticidad de arbustos y los gotones que caen con fuerza sobre la calle formando un interminable ejército de soldaditos de agua que desfilan ordenadamente sobre el pavimento, como solía decirme mi madre cuando yo era chico y juntos mirábamos la lluvia a través de la ventana.  Desde entonces, siempre que llueve intensamente veo soldaditos de agua.

También veo, al otro lado del bulevar, el imponente Palacio de Justicia, sin actividad a esta hora, indiferente por completo al aguacero y aparentemente indemne a sus efectos. Las luces de la ciudad se han encendido prematuramente y a través de la bruma y el chaparrón me detengo en la sobria arquitectura del antiguo edificio. Observo las imponentes cúpulas de pizarra que bajo el agua resplandecen como azabache, los ventanales cerrados y el triple portón de madera maciza que abre hacia el frente, también cerrado.

Presto atención a los detalles de la fachada del palacio y, en particular, a las figuras que se encuentran bajo la moldura de la cornisa, que parecen gárgolas.  No puedo distinguirlas bien, pero podrían ser centauros.

En eso estoy, ensimismado y casi adormecido por el fragor del diluvio cuando de pronto, en medio de ese paisaje monocromo y estático, un movimiento casi imperceptible atrae mi atención y me sacude: uno de los centauros de piedra, el segundo desde la esquina, agita su mano con insistencia como si estuviera saludándome…

Sorprendido, desempaño el vidrio con la manga de la camisa, aguzo la mirada a través de la cascada de agua y, efectivamente, confirmo que el brazo del centauro se agita claramente, en evidente ademán de saludo.

Siento que mis palpitaciones se aceleran y que un frío extraño recorre mi cuerpo.  Estoy desconcertado, estupefacto; pero más que eso, estoy conmovido.  Estoy seguro de ser el único ser vivo en el desolado paisaje que me rodea, sin embargo, el viejo centauro de piedra allá cerca de la esquina del Palacio de Justicia está agitando su mano  -sigue haciéndolo-  en claro gesto amistoso.  Así que con la nariz pegada a la ventana, absorto y seducido por una especie de hechizo, levanto mi mano y devuelvo el saludo.

Y es en ese preciso instante en que el cielo de plomo se quiebra con un relámpago que todo lo ilumina, el brazo que hasta recién me saludaba se transforma en ala y el centauro se convierte en una paloma gris que vuela despavorida a buscar otro refugio más seguro.

En mi oficina sigue sonando la música de Ennio Morricone.  Y quedo yo, con mi nariz contra el vidrio, la mano aún alzada y un agujero en el alma.

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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10 respuestas

  1. Te felicito por la idea y los contenidos Dickie!…. Como centauro, sagitariano y aficionado practicante de tenis “champagne”!😉🙋🏼‍♂️

  2. Excelente relato, que mantiene la intriga hasta el final. Me encontré apurando la lectura para llegar a la instancia de develar el misterio. Ingenioso cierre, también!!

    1. Esto ocurrió -de verdad- hace 45 años y lo escribí poco tiempo después, obviamente en papel y con máquina de escribir.
      Como suele ocurrir con los papeles, el texto finalmente se perdió.
      El año pasado, cuando la pandemia nos obligó a parar las máquinas y a mirar con añoranza hacia atrás, recordé un día al viejo centauro de piedra y decidí reescribir la historia.
      Gracias por tu comentario. Beso.

  3. Estaría bueno encontrar ese texto en papel y compararlo con éste. Para ver cómo y cuánto cambió tu enfoque de la historia en 45 años!!! 😉

  4. Dices de la música de Ennio Morricone y enseguida me vino a la mente «El bueno, el malo y el feo»…. no hubiera estado mal como fondo, abrazo y a seguir posteando estos relatos!!

  5. Me gustó tu relato. Yo relaciono al centauro con Quirón, seguramente por haber trabajado 26 años en la Fundación Mainetti-COE, hoy abandonado. Yo traducía las conferencias y clases que mi jefe, José Alberto Mainetti, daba en el exterior.
    También fui compañera de Lidia Estela en algunos grados de la Anexa. Su mamá fue mi maestra de segundo grado.

    1. Hola! Tu comentario me obliga a develar la «trastienda» de este texto:

      Hace muuuuchos años (circa 1975) mi tío Noel Sbarra nos invitó a mi hermano y a mí a participar en un concurso de cuentos que organizaba la Fundación del Dr. Mainetti, de quien él era muy amigo.

      Nos explicó que la imagen de la Fundación y su revista se llamaban Quirón, que por eso había una estatua de un centauro en los jardines del Centro Oncológico de Excelencia en Gonnet, y que el texto tenía que ser sobre un centauro.

      Yo elaboré un texto breve basándome en un hecho real que había vivido hacía poco y lo presenté en el concurso. No tuve suerte (mi hermano sí…)

      El texto original finalmente se me traspapeló y nunca más lo encontré, así que hace unos meses me dispuse a «rescatarlo» de mi memoria y lo reescribí íntegramente en la forma en que hoy aparece publicado. Seguramente las palabras no son las mismas, pero la idea central, sí.

      Gracias por tu comentario, que me obligó develar la historia oculta detrás del viejo centauro del Palacio de Tribunales…

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