Ensoñaciones

by Dickie Randrup

menú

La locomotora

A mis amigos.

Hace 10 años, el 20/07/12, una locomotora que venía a 200 km/hora me chocó de frente, en la cara y en el alma, cuando en medio de una visita de rutina mi cardiólogo me miró muy serio a los ojos y me dijo: “Dickie, tenés un infarto…”

Treinta minutos después yo estaba tirado en bolas en una cama de la Unidad Coronaria del Hospital Italiano, con una pulserita de plástico con mi nombre en la muñeca derecha y una docena de cables enchufados en todo el cuerpo.  Una médica jovencita, morocha, muy simpática, pasaba por mi cama cada 5 minutos para controlar todo.  Y para ver si yo seguía vivo.

Yo no entendía nada porque me sentía igual que siempre, sin dolores ni malestares, pero me daba cuenta de que mi vida había cambiado para siempre.  Acababa de tomar conciencia, de golpe y sin aviso previo, de que tenía fecha de vencimiento.  Y que esa fecha podía ser en cualquier momento.

Mientras tanto, mis amigos  -ignorantes de mi situación-  se preparaban para reunirse esa misma noche para festejar el Día del Amigo.  Pensé, acostado en soledad, que comerían y tomarían hasta muy tarde, y que festejarían el encuentro con el mismo entusiasmo y alborozo con que siempre lo hacíamos.  Me alegré por ellos, pero tomé conciencia, también, de que allá afuera, lejos de esa cama aséptica y ajena en que me encontraba, la vida continuaba su curso.  Como si tal cosa…

El infarto  -supe después-  había sido cuatro días antes y yo no lo había percibido.  En esos cuatro días continué haciendo mi vida normal y, por ejemplo, dos veces por día subía casi corriendo los 25 escalones del primer piso de mi oficina, ignorando el riesgo en que me encontraba, que en cualquier momento me podía llevar al otro lado de las cosas.

Quizás así estaba escrito, no lo sé.  O quizás Alguien, Allá Arriba o vaya a saberse dónde, dispuso darme una segunda oportunidad.  Y yo la tomé.

Hoy, a diez años de aquella locomotora arrolladora, levanto mi copa y brindo para que cuando llegue el momento, mis amigos  -cada uno de ellos-  tengan también una segunda oportunidad.

Dickie Randrup

Dickie Randrup

Compartir:

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en linkedin
Compartir en whatsapp

16 respuestas

  1. “ la vida continuaba su curso. Como si tal cosa…” tan sencillo y tan simple como eso, la medida justa, quizás, de nuestra finitud. Tus relatos me generan siempre alguna reflexión, gracias Dickie.
    Abrazo grande!!!

  2. Recuerdo la serenidad tuya entre los cables.
    No recordaba que ese mediodia gris fuera justamente el Día del Amigo.
    Aquí ensamblaste la coincidencia en un fantástico cierre del relato
    Gracias!

  3. Sin duda una experiencia dura que te obliga a replantearte todo.Y a esta altura de la soireé estamos todos expuestos a sufrir un evento que nos cambie la vida.Afortunadamente zafaste bien y tenés una vida normal.No hay que calentarse,en lo posible,y vivir cada día como si fuera el último.

  4. Parece mentira pero semejante episodio, tu infarto nada menos, lo tenía escondido en un rincón de mi memoria. Cuando leí ahora «La Locomotora» quedé perplejo. ¿Cómo podía ser que no tuviera a flor de piel esa circunstancia que tanto me conmovió? No tengo respuesta que me conforme. Sólo se me ocurre pensar que cuando nos asustados mucho, el subconsciente bloquea, a modo de mecanismo defensivo, el hecho que provocó aquel susto. «También es tener memoria saber olvidar lo malo», dice Martín Fierro.
    O, dicho de otro modo, aun cuando no lo tengamos presente en el día a día, a todos nos espera una locomotora aunque no sepamos ni dónde ni cuándo.

    1. ¿Sabés, Juan, cuántos episodios, cuántos nombres y apellidos, cuántas caras y cuántas fechas tengo escondidos en los rincones de mi memoria…?
      A veces pienso que esos rincones deben estar abarrotados de recuerdos acumulados uno arriba de otro a lo largo de tantos años, y me doy cuenta de que es natural y lógico no poder abarcar todo. No importa mucho, uno se acostumbra.
      Lo importante, lo verdaderamente importante, es mantenernos conectados con el presente que al fin y al cabo -así volátil como es- es lo único concreto que tenemos.
      Abrazo grande, Juan querido. Seguimos en contacto.

  5. Muy bien descripto, Dickie. Caminabas al borde del abismo y no te habías dado cuenta. Nunca deja de sorprenderme lo cerca que estamos de la enfermedad cuando estamos sanos.

    1. Así es, inconsciente y feliz…
      Ustedes, los médicos, conocedores de la fragilidad de nuestra salud, se cuidan más que el resto y se desviven dándonos recomendaciones.
      Yo, en cambio, siempre tiendo a pensar que estoy más sano de lo que seguramente estoy.
      Gracias por tu aporte.
      Y por estar ahí.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *