Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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La luna, los gauchos y el mate

A Willie y Mariano, que vieron los gauchos.

Seríamos seis o siete.  Hacía mucho calor y, como otras noches, nos habíamos juntado a tomar cerveza sentados en el cordón de la vereda, esperando quién sabe qué cosa.  Tal vez a que nos llegase el sueño o simplemente a que se consumiese el tiempo, que por entonces parecía sobrarnos.  La luna, gibosa creciente, parecía volar entre las nubes y su luz lechosa nos iluminaba intermitentemente.

Una vez estábamos mirando la luna llena con Mariano y otros chicos, no me acuerdo muy bien quiénes estaban  —dijo de pronto Willy mirando hacia arriba y pasándole al de al lado la botella de la que estaba tomando—  y coincidíamos en que se veían dos gauchos tomando mate.  Uno estaba parado, a la derecha, y el otro cebaba sentado en un tronco…

Nos miramos tratando de adivinar si se trataba de un chiste o si era un gancho para que alguno mordiera el anzuelo, hiciese alguna pregunta tonta y la broma terminase con alguna burla pesada, grosera o escatológica.

En ese instante, cuando estábamos mirando  —continuó Willy, imperturbable—  el gaucho parado se agachó para recibir el mate del otro y algo extraño ocurrió porque se quedó congelado en esa posición.  Desde ese entonces  la escena quedó fija de esa manera: un gaucho sentado y el otro, a su derecha, inclinado sobre él…  

Algunos se rieron pero otros permanecimos callados, atentos; queríamos saber cómo seguía el cuento.  Willy era un poco mayor que el resto, no mucho, pero lo suficiente como para inspirar cierto respeto y preferíamos no interrumpirlo cuando nos contaba alguna historia.  Y menos aún, cuestionarlo.

—Todos lo vimos, nos reímos mucho y lo comentamos durante un tiempo pero lo cierto es que no nos llamó demasiado la atención, éramos chicos…  —Willy se había compenetrado con su propio relato y continuó, casi sin pausa—  Lo tomamos como algo curioso pero no sobrenatural.  Con el tiempo nos dimos cuenta de que había sido un episodio bastante insólito y algunos comenzaron a dudar de que hubiese ocurrido realmente.  Decían que era absurdo y pretendían demostrar a través de la lógica que los hechos no podían haber ocurrido como nosotros los recordábamos.  Pero lo cierto es que fue así, absurdo o no, ocurrió tal como lo conté, lo tengo bien claro, no tengan dudas…

Hizo una pausa, como esperando nuestras reacciones, pero la historia nos había atrapado y nadie quería cortarlo.  Así que después de pegarle otra chupada a la botella que le devolvió su vecino, Willy retomó el relato.

Con los años la luna parece haberse desteñido un poco y ahora a veces me cuesta ver a los gauchos como los veía en aquel entonces, pero con un poco de esfuerzo e imaginación la escena del mate creo que todavía se puede ver.  Me voy a sentar un rato más tranquilo, cuando venga la luna llena —agregó—  y cualquier cosa les aviso.  Eso sí, si ustedes van a mirar también, pónganle onda, porque si no, los gauchos no aparecen.

Se hizo un silencio.  Aprovechamos para seguir pasándonos las botellas (eran unas cuantas) y aunque la cerveza ya estaba casi tibia, todos tomamos uno o dos tragos.  De pronto terció el Negro, que tenía la misma edad que Willy y habían compartido varias aventuras que a los más chicos nos llegaban siempre distorsionadas por la exageración.

Sííííí… ¡yo estaba!   Recuerdo perfectamente el episodio de los gauchos.  Fue una casualidad increíble que justo el fenómeno ocurriera mientras nosotros estábamos mirando.  Seguramente fue un proceso geológico que se venía gestando en la luna desde hace milenios, y se derrumbó una montaña, un cráter o algo así, y nosotros justo vimos ese momento.  Debe haber sido algo grande para que pudiéramos verlo a simple vista.  —Hizo una pausa y luego preguntó, sonriendo— ¿Cuántos miles de años más pasarán hasta que el segundo gaucho le devuelva el mate al primero?

La explicación del Negro ponía algo de lógica en todo el episodio y lo hacía más verosímil, pero la pregunta final, más allá de la ironía, nos sumió en un nuevo silencio que nadie se atrevía a romper.  ¿Miles de años? ¿De qué estábamos hablando?

La versión de los gauchos tomando mate después se fue distorsionando —recordó de pronto El Lechu, que hasta ese momento no había hablado—  Acuérdense que los Mannarino, de acá a la vuelta, para ridiculizarnos empezaron a decir que la figura de la izquierda era una china regordeta, sentada modosamente en un salón y que la figura de la derecha era de un paisano medio atorrantón que, inclinándose ante ella y tomándole la mano, la invitaba a bailar con la intención de seducirla después.  El ‘congelamiento’ geológico  -decían burlonamente-  hizo que el tipo quedara como un caballero, cuando en realidad quienes lo conocían sabían de su fama de “gaucho ladino y mal intencionao”.  El gordo Mannarino, por llevarnos la contra porque no había estado, hizo circular esa versión y los más chicos la repetían.  Hasta que el Flaco Estivariz le pinchó el globo diciendo que no habiendo atmósfera en la Luna difícilmente podría escucharse la música y por lo tanto no habría ningún baile.  La disidencia le costó el puesto en el equipo del barrio al pobre Flaco.

Las referencias al barrio vecino siempre encerraban alguna crítica o cuestionamiento.  Compartíamos muchas cosas, entre ellas la canchita de fútbol que era el lugar donde dirimíamos nuestras diferencias, pero la rivalidad la llevábamos en la piel y afloraba permanentemente.  La canchita y la pelota no eran suficientes a pesar de los cruces bravos que allí teníamos.

Qué bueno, Negro, que te lo acuerdes así de claro—  dijo Willy ninguneándolo al Lechu, a quien tenía medio cruzado porque a su hermana le gustaba—  La hipótesis de un desplazamiento geológico es muy buena, estemos atentos a posibles remezones… —dijo después con una sonrisa pícara, y agregó—   No sé si saben que años después se supo que los científicos rusos, que por esos años andaban observando atentamente la luna, desconocían la mecánica del mate, donde varios viandantes comparten un mismo pocillo, y no supieron interpretar el fenómeno.

—¡Como hacemos nosotros con la cerveza!  Que además se acabó…   —dijo el Tero, sin pescar el sarcasmo de Willy.  Y dejando una botella al costado, agregó, más serio—  Yo no estuve en el momento del desplazamiento geológico en la Luna, que no sería un “movimiento telúrico” ya que lo telúrico se refiere exclusivamente a la Tierra.  Creo que ese día hubo quilombo en casa y no me dejaron salir.

Respecto a los rusos —Willy retomó la palabra y también la ironía—  tengo entendido que además de desconocer la ceremonia del mate, tuvieron dificultades para interpretar la escena ya que por estar en el hemisferio norte a las figuras las veían invertidas…

Es verdad, pero esto lo pudo descular Yuri Gagarin en 1961 —lo interrumpió el Negro, siempre atento y ocurrente para darle una vuelta más de tuerca a cualquier chiste—  cuando por la ingravidez quedó momentáneamente “cabeza abajo” y pudo, por fin, ver las dos siluetas humanas y gritar, jubiloso: Я ИХ ВИЖУ, ВОТ ОНИ…’  (Los veo, ahí están…)

Ya era suficiente.  Nos levantamos, juntamos las botellas vacías y nos fuimos a dormir.

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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