Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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La sonrisa de mi amigo

«¡Vale!, dijo el Gato, y esta vez se desvaneció muy paulatinamente, empezando por la punta de la cola y terminando por la sonrisa, que permaneció flotando en el aire un rato después de haber desaparecido todo el resto.

‘¡Bueno! Muchas veces he visto a un gato sin sonrisa’, pensó Alicia, ‘pero ¡una sonrisa sin gato! ¡Esto es lo más raro que he visto en toda mi vida!’» 

[Lewis Carrol: “Alicia en el País de las Maravillas”]

De un lado, la inmensidad verde del pinar interminable.  Del otro lado, la inmensidad esme­ralda del océano, también interminable.  Arriba, la inmensidad redonda y azul del cielo despejado, que cubre a la inmensidad verde y también a la inmensidad esmeralda.  Adelante y atrás, la inmensidad dorada de la arena.  Que une (¿o separa?) a las demás inmensidades.

En el centro exacto y preciso de ese escenario circular deslumbrante camino en soledad, como todas las ma­ñanas.  A esta hora  -es muy temprano-  la brisa fresca y salada del mar tensa mi piel, se enreda en mi pelo y despeja mi mente.  No escucho su zumbido porque la música que llega a través de mis auriculares inunda mi cerebro con una melodía envolvente y fascinante que completa la es­ce­nografía que me rodea, pero el aroma y el sabor del mar se internan en mis bronquios, pasean por mis pulmones y se adhieren, inconfundibles, a mis papilas. Me siento dueño y señor de la escena que me rodea ya que nadie aparece a la vista.  Ni siquiera los pescadores -esos tozudos invasores del paisaje playero-  están hoy.  Egoísta, disfruto de la soledad.

De vez en cuando, los despojos de alguna ola un poco más osada que las demás se atreven a internarse hasta la arena seca como una gran lengua blanca de espuma que se cruza en mi camino, desafiante y traicionera.  Pero estoy lúcido y alerta y hasta me siento ágil: pego un salto, esquivo el remojón y sigo mi marcha con las zapatillas indemnes.

Con el reflujo quedan sobre la arena mojada infinitas burbujas luminosas y espejadas conde­nadas a morir a los pocos instantes.  Sin embargo, en ese brevísimo lapso de su efímera existencia todas exhiben sobre su superficie de cristal una réplica fiel y diminuta de las inmensidades que me rodean, mi imagen incluida.

Estoy viviendo un momento de felicidad genuina.  Lo sé y lo saboreo.

Ensimismado  -o enredado-  en mis propios pensamientos, de pronto lo veo venir.  Es un pequeño punto negro, allá lejos, que poco a poco crece hasta que toma la forma de un trío que me parece familiar.  Del lado del mar se recorta la silueta, sugerente y cadenciosa, de una dama.  Del lado del pinar se distingue otra figura, masculina y algo más redondeada.  ¿Será él?  Imposible reconocerlo, por la distancia… y por mi miopía.

Entrecierro los ojos para intentar enfocar mejor las imágenes, pero el resplandor del sol y la bruma del mar me encandilan.  Lamento no haber traído los anteojos oscuros.  Sin embargo, la sonrisa inconfundible que parece emanar del sujeto y, especialmente, su espesa cabellera al viento, me convencen de que es posible.  Sobre todo cuando advierto que, un poco delante de ellos, se distingue el perfil menudo e inquieto del perro que, alegremente, encabeza el trío.  Ya no tengo más dudas: son ellos.  Ansioso, apuro el paso.  En algunos minutos más el encuentro habrá de producirse.

Mientras el trío se agiganta sobre la arena dorada, la curiosidad me invade. ¿Continuará mi amigo con la obsesión por la comida sana para conservar la línea?  ¿Seguirá adoptando perros, como el año pasado en que hizo suyo a este que hoy lo acompaña movedizo y feliz?  ¿Mantendrá aún el em­puje seductor e implacable que con tanto entusiasmo -y envidiable éxito- cultivara durante años o la dama que lo escolta habrá sabido amansar esas ansias demasiado juveniles para su físico ya no tan lozano?  Me río de mi propio fisgoneo.

Ensayo mentalmente el abrazo, el beso y la palmada que habré de distribuir entre los integrantes del trío y me prometo firmemente no confundir los destinatarios.  Se­ría terrible  -aunque no improbable-  que le diera una palmada a mi amigo, el abrazo a su dama y un beso al perro…

Absorto en mis cavilaciones, distraigo por un instante la mirada, quizás en el mar o quizás en la arena (no lo sé, ni tampoco importa).  Algo imperceptible y fugaz me hace desviar la vista y en ese infinitesimal  -y fatal-  instante, todo se evapora.  Cuando levanto la mirada el trío ha desaparecido.  La inmensidad dorada se extiende como siempre ante mis pies, pe­ro vacía.  Me refriego los ojos, incrédulo, pero nada cambia.  Ni rastros de la dama, del pe­rro, ni de la cabellera al viento.  Todo se ha desvanecido, igual que un espejismo.

Solo queda, flotando tenue sobre la arena desierta, como un fantasma del gato de Cheshire, la sonrisa inconfundible de mi amigo.

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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4 respuestas

  1. Hermoso relato.
    Esa sensación de estar solo en la playa y sentirse el dueño la viví muchas veces. La última fue hace 3 días.
    Lamentablemente, últimamente, tengo esos espejismos también…

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