Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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Pelos

Leí por ahí, la semana pasada, que “más importante que el cabello del hombre es el cabello de la mujer, porque es asiento de su esencia y su sentir…”   Me quedé amasando mis discrepancias porque no estaba muy seguro de que fuera realmente así.

En los días sucesivos la idea siguió rondando por mi cabeza (¿tan sola estaría?), porque no compartía aquello de que “en cambio, el pelo del hombre no tiene espíritu y no envía mensajes de poesía” (sic).

Pero vayamos por partes.  Coincido plenamente con que en el cabello de la mujer se asienta una porción fundamental de su poder de seducción, de su innata sensualidad.  Pero más allá de la atracción sexual, creo que el pelo del hombre tiene también cierto “espíritu” y que transmite una parte importante de su personalidad.

Veamos. No es lo mismo el corte al ras de un militar, que la melena de un hippie, o los rulos de Piero (¿se acuerdan de Piero, el cantante?).  Y no me refiero solo al corte en sí mismo, sino a que cada una de esas cabezas nos están diciendo algo respecto a la personalidad que encierran. 

Y si entramos en el terreno de la melenas, no es lo mismo la de Cristóbal Colón o el Príncipe Valiente, que la melena lacia  -y con rigurosa vincha-  del cacique Patoruzú, la blanca y empolvada que usaban los franceses en el siglo 18 o la juvenil, toda despeinada, de Bill Gates.  O la que hizo célebres a los Beatles.

Como tampoco es lo mismo una cabeza con múltiples motas como la de Bernardino Rivadavia, que el bucle solitario que lucen sobre su frente Bill Haley, Manuel Belgrano o Superman.

También podemos distinguir entre el flequillo desflecado y ralo de Cornelio Saavedra, parecido al de los emperadores romanos, y el flequillazo tupido y espeso de Carlitos Balá, copiado de Moe, uno de los Tres Chiflados. 

Tampoco podemos dejar de mencionar las canas distinguidas de Cary Grant, o la peinada a la gomina que lucían Carlos Gardel, Rodolfo Valentino e Isidoro Cañones…

…que en nada se parecen a los pelos parados de Albert Einstein, a las rastas de Bob Marley o al flequillo tipo zorrino de Martin Palermo.  Y eso sin mencionar el mechón amarillo oro que en una época lució Diego Maradona.

Y si hablamos de colores, no podemos olvidar el arco iris punzante que tenían sobre la cabeza algunos punks que vimos en Londres y Berlín, el jopo anaranjado de Donald Trump, la melena y el rojo violento de Erik el Rojo, el vikingo descubridor de Groenlandia, o del mismísimo Pájaro Loco.  ¿Y quién no tuvo algún compañero de colegio pelirrojo a quien todos ridiculizaban diciéndole Pelo-Con-Tuco, Rojillo, Feriado o directamente el Colo?

Pero bajemos un poco de la cresta y pensemos en el resto de la cara: Un bigote negro, una galera y un bastón ya nos hacen pensar en alguna película muda y nos despiertan una sonrisa.  El mismo bigote, sin la galera y el bastón, pero con traje militar y mirada adusta, nos recuerda a la cruz esvástica y nos acerca al drama…  En ninguno de los dos casos hace falta dar nombres.

Hay otros bigotes, igualmente celebres, y todos diferentes entre sí: No es lo mismo el ostentoso manubrio de bicicleta que lucía Salvador Dalí, que los breves bigotitos que distinguían a Cantinflas, a David Niven y a Clark Gable. 

Y en algún lugar de la escala tendremos que colocar los bigotazos del multicampeón olímpico Mark Spitz, los del actor Omar Sharif y los de Saddam Hussein.  Tampoco nos olvidemos del brevísimo bigote triangular de Charles De Gaulle.

¿Y las barbas..?

La del Che Guevara ya se convirtió en un mito y hoy es, probablemente, una de las más célebres.  O quizás pierda ante la popularidad de Santa Claus, de Sigmund Freud o del mismísimo Jesús, quien sabe…

Tampoco podemos dejar de considerar otras barbas famosísimas como la de Sócrates (el filósofo, no el futbolista brasileño), la del profeta Moisés, la de Juan Martín de Güemes, la de Ernest Hemingway, la de José Hernández y la de Fidel Castro.

Ah..!  Me olvidaba de la barba de Bartolomé Mitre, la de Karl Marx, la de Olaf el Vikingo y la del sanguinario Barba Azul.

Y a mitad de camino entre la cabellera y la barba, tenemos las patillas, con notables precursores de ese apéndice piloso en diferentes épocas y lugares, como Facundo Quiroga, Carlos Menen, el Tío Rico (o Tío Patilludo) de Disney, José de San Martín, Juan Martín de Pueyrredón y Elvis Presley.

Y si el pelo diferencia a los hombres, no menos los distingue la ausencia de pelo.

Hay peladas célebres: Cuando éramos chicos, en plena Guerra Fría, la pelada del ruso Nikita Kruschev, líder de la Unión Soviética, confrontaba -literalmente-  contra la del presidente norteamericano Dwight Eisenhower.  Ambas bochas aparecían permanentemente las primeras planas de todos los diarios.

Y mientras ellos se peleaban por el control del planeta, la pelada de Juan Manuel Fangio -cubierta por los precarios cascos de aquella época- se adueñaba, uno tras otro, de los Campeonatos Mundiales de Fórmula 1. Por entonces ya hacía varios años que la pelada de Alfred Hitchcock conmovía al público con sus inigualables películas de suspenso.

Y también está la pelada de los Hare Krishna, la de Yul Brinner y Bruce Willis; la de Michael Jordan, la de Abel Pintos, y la de los futbolistas Zinedine Zidane, Ronaldo Nazario, Javier Mascherano y Roberto Carlos, entre otros.

Y, por supuesto, la pelada llena de clavos de la publicidad de Geniol…

En fin, estoy convencido de que el pelo también nos distingue a los hombres, nos diferencia y transmite parte de nuestro espíritu, de nuestra personalidad.

La Historia y la vida diaria nos ofrecen infinidad de ejemplos similares.  Podríamos seguir todo el día recordando hombres y pelos, y veríamos que, mucho más que algunos otros atributos, el pelo nos ha ayudado a diferenciar a esos nombres, a conocerlos un poco más y, si «no envía mensajes de poesía», como decía aquella nota, al menos ayuda a descifrar una parte del misterio personal que como seres humanos cada uno encierra.

Los espero en la peluquería.

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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15 respuestas

  1. Qué bueno, Dickie!!!
    Como algo trivial puede darnos pie para hacer un texto muy entretenido. Muy bien escrito!!!
    Excelente también el laburo de armar el archivo de imágenes.
    Me encantó!!!!

  2. Dickie: Este es otro de tus escritos célebres, porque te mandaste una recopilación inusitada de barbas de todos colores, incluyendo personajes de la política, del arte, de la ciencia, y de las historietas. No dejaste ni uno sin analizar! De las características personales que nos da la genética, el pelo es la única que permite ser modificada! Un abrazo,
    Eddy.

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