Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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Pie no lleva tilde

A Guica, que sigue estando.

En 1980, cuando ya no podía jugar más al fútbol ni al rugby, recalé en el tenis.  Con 20 años de retraso se cumplía así el sueño de papá de ver a uno de sus hijos jugando al deporte que él practicó sin interrupciones durante siete décadas, desde los 13 hasta los 83 años.

En poco tiempo, en mi familia estábamos todos muy enganchados con el tenis.  Tomábamos clases particulares con un profesor, hinchábamos por el equipo argentino en la Copa Davis y pasábamos muchas horas en el Tenis Club, donde hicimos buenos amigos, todos muy fanatizados con el deporte.

En determinado momento me pidieron a modo de contribución que escribiera un artículo sobre el tenis para una revista local que circularía por diferentes clubes de la ciudad.  Luego de pensar bastante me decidí por traducir una nota humorística que me había parecido muy ingeniosa, publicada tiempo atrás en la revista World Tennis de Estados Unidos.  El artículo se titulaba algo así como “Nunca, pero nunca, subestime a un veterano”, y relataba con mucha gracia las tribulaciones de un tenista joven, atlético y elegante para intentar vencer a un jugador veterano, achacoso, desvencijado y muy mañoso, que con gran astucia y todo tipo de artimañas se las ingeniaba para ensuciar el juego y sacar adelante un partido que en los papeles jamás podía ganar.

Hice la traducción, con unos pequeños retoques para adaptarla al medio local, y se publicó con la debida aclaración respecto a su versión original.

Como papá ya hacía mucho que era un tenista veterano decidí llevarle el borrador de la nota para que lo leyera, descontando que sabría apreciar el ingenio y la gracia del autor para exagerar y caricaturizar una situación que muchas veces se da, la de un vejete muy limitado físicamente poniendo en apuros a un joven atlético pero inexperto.

Papá se sentó, tomó el papel y se dispuso a leer la nota con mucha concentración.  Yo lo miraba en silencio, con impaciencia, intentando descubrir en su semblante las reacciones que el texto le producía, pero su rostro permanecía imperturbable: ninguna insinuación de agrado o desagrado y, menos todavía, un esbozo de sonrisa.

Cuando terminó la lectura, serio aún, me miró con esos ojos celeste llenos de cielo y dijo simplemente:

—Pie no lleva tilde… —y me devolvió las hojas con la nota.  Quedé estupefacto.  Estaba preparado para que me dijera que no le gustaba o que no le parecía tan graciosa o cualquier otra cosa… pero no para esa respuesta insólita.  Era la primera vez que se publicaría algo con mi nombre y la situación me generaba, además de cierto orgullo, ansiedad e inquietud que necesitaban disiparse escuchando algún reconocimiento o elogio de parte de mi padre.  Pero no…

—Pie es un monosílabo y los monosílabos no llevan tilde salvo en los casos en que hay que romper el diptongo o cuando…  —continuó diciendo muy tranquilo, pero yo lo interrumpí abruptamente.

—¡Sí, ya sé lo del tilde en los monosílabos!  —dije, sin disimular mi irritación— Pero, ¿eso es todo lo que tenés para decir? ¿Te gustó, no te gustó… te pareció gracioso?

Además del desencanto yo sentía un verdadero disgusto por la respuesta de papá.  En las primeras épocas de la escuela primaria nos habían enseñado que los monosílabos llevaban tilde. Fuí, fué, pié, vió, fé y algún otro se escribían así, con tilde.  Tiempo después la regla fue modificada, pero ese precepto incorporado a mi intelecto a los 5 o 6 años quedó grabado a fuego en mi cerebro y muchas veces, aun conociendo su modificación, inconscientemente tiendo a tildar de manera automática lo que ya hace tiempo que no se debe tildar.

—Ahhhh, síííí, por supuesto… —dijo a continuación papá, ahora con su habitual sonrisa de todos los días  Es muy divertida, me gustó mucho… pero le pusiste tilde a pie y no lleva… Tenés que corregir eso.

Así era papá.  Implacable con los errores.  Si hubiese que definir su personalidad con una sola palabra, abstrayéndonos de los sentimientos, esa palabra sería RECTITUD. Para él había una única manera de hacer las cosas, y era hacerlas correctamente.  Si  advertía que alguien  -cualquiera que fuese-  incumplía una norma, una regla o un precepto, papá no dudaba en hacérselo saber.  Lo hacía con humildad, con respeto, siempre con espíritu constructivo, pero también con convicción y firmeza.  Había cierta candidez en su actitud, al suponer que esa franqueza brutal sería invariablemente bien interpretada y que el destinatario de su crítica la recibiría siempre feliz y agradecido de poder corregir su yerro.

Yo mismo, conociéndolo como lo conocía, con el amor y la profunda admiración que sentía por él, reaccioné aquella vez con fastidio ante su corrección.  Pasó cierto tiempo -algunos años-  antes de que yo comprendiese en toda su dimensión la lección de esa noche, ya que cada vez que escribo pie y mi inconsciente amaga con poner tilde sobre la e, aparece el rostro severo pero a la vez afectuoso y algo ingenuo de papá, recordándome que no, que los monosílabos no llevan tilde.

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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13 respuestas

  1. Muy lindo recuerdo Dickie y excelente su narracion.
    Desde la dedicatoria hasta la forma de contar la anecdota, denotan lo importante que fue Guica en tu vida.
    Como siempre un gusto leer tus articulos.

  2. Tu excelente relato me da pie (sin tilde, no?) para entender, un poco más, sobre muchas de las coincidencias asombrosas que hemos visto surgir en nuestros habituales cruces. También tuve un padre tan exigente como bondadoso. Implacable a veces, generoso y contenedor siempre. De todas maneras, la palabra que más me resuena de todas las que utilizás es “rectitud”. Que bueno es crecer y transcurrir la vida sintiendo tanto orgullo y admiración por nuestros viejos. Muy bueno Dickie, abrazo y gracias!!!!!

    1. Todos los adjetivos que utilizás para referirte a tu padre -exigente, bondadoso, implacable, generoso, contenedor- se aplican también al mío.
      Y podríamos seguir, seguramente, intentado reflejar con palabras lo que en realidad no se puede: la gratitud, el cariño y la admiración que aún hoy, a la distancia, nos generan porque a despecho de los años que pasan, nos siguen marcando el camino.
      Abrazo enorme, Alberto.

  3. Que hermosura esta anécdota! Lo puedo imaginar… lo implacable, la mirada, la sonrisa suave. Y es muy interesante que destaques cierta inocencia en su rectitud, imagino que esa apreciación te la da la perspectiva del tiempo. Me encantó 💕

    1. Muchas gracias, Diana.
      Si, creo que la anécdota lo pinta a papá tal cual era.
      Como aquella otra, en tu casa, cuando llamó Willie desde Europa por tu cumpleaños.
      Hacía muchas semanas que no teníamos noticias suyas y como la telefonista dijo «llamada para Diana Montequín», papá se quedó con el tubo en la mano, sin preguntarle nada, hasta que te acercaste vos. Ante la desesperación de mamá, papá simplemente dijo: «La llamada es para Diana…»

  4. Me hiciste reir! Me encanto! El suspenso que creas antes del veredicto de tu padre y la respuesta inesperada pero cierta!. Me tome el atrevimiento de compartirlo con algunas colegas. Beso, Dickie

  5. Muy buen recuerdo para describir a un SEÑOR!! Tengo un recuerdo de un torneo con ventaja secreta y nos mandaron (al muere) contra una pareja muy buena. Ganamos un Game y festejabamos como locos!! 🙂 Abrazote y felicitaciones en este día!!

    1. Gracias, Martín.
      Un SEÑOR era también tu padre… Pedro fue un líder nato que supo conducir el nacimiento y el desarrollo del Tenis Club con firmeza y determinación, pero también con un profundo afecto y consideración hacia quienes lo acompañaban.
      Sigue siendo, a la distancia y en ausencia, un referente insustituible.
      Mi recuerdo afectuoso para él.
      Abrazo.

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