A Diego Sánchez Woollands, amigo fiel.
Escucho a alguien decir, con desprecio, “a ellos les dejamos el silencio…”, como si el silencio fuese un castigo o los desechos que nadie quiere.
Tengo un enorme respeto por el silencio desde aquella vez, hace muchos años, en que escuché al peruano Hugo Guerrero Marthineitz recitar por radio:
«¿Te has detenido a pensar cuánto vacío hay en la materia? ¿Te has detenido a pensar cuánto silencio hay en la música? De la misma manera, en el fragor de la lucha hay paz esperándote. Búscala y disfrútala. Aspira el aroma de la paz, y disfrútala, aún en el fragor de la lucha.»
La reflexión me pareció extraordinaria y corrí a anotarla porque no quería perder toda la riqueza que encierra. Por suerte lo hice porque nunca más la volví a escuchar ni a leer. No sé si fue inspiración propia del locutor peruano o si la sacó de algún libro, pero lo cierto es que en Google tampoco la encontré.
Desde aquel lejano día en que ese pensamiento me hizo ver las cosas desde otro punto de vista, veo al silencio con otra perspectiva. Descubrí algo tan obvio como que el silencio resulta imprescindible para que el sonido pueda nacer. Y también para que ese sonido pueda terminar. Se necesitan dos silencios para que un sonido pueda existir (esto también lo escuché por ahí). El silencio es la rampa de lanzamiento para el sonido, pero también es su pista de aterrizaje.
El silencio es al sonido lo que la oscuridad a la luz, lo que la noche al día, lo que la paz a la lucha. No se puede concebir a uno sin el otro. El silencio es pausa, puede ser descanso o respiro, pero no es vacío ni neutro: tiene valor. Tanto valor tiene que, alternándose con el sonido, lo moldea, le da forma y con la forma también le da significado.
¿Qué es la música sino el arte de combinar los sonidos y los silencios a lo largo de cierto tiempo, de forma tal que la secuencia sonora así producida permita expresar o comunicar un estado del espíritu? En la música hay silencios que crecen o se diluyen lentamente y silencios que irrumpen con el ímpetu y la contundencia de un estruendo. Hay silencios pequeños, brevísimos, que moldean el ritmo, y otros más extensos que marcan el tempo musical.
El silencio se necesita para escuchar, para meditar, para orar, para entender. Es el hogar de la palabra. Le otorga espesor y le da carácter, expresividad y hasta contenido. En una conversación, el silencio de uno promueve la palabra del otro. Y si no es así, y al silencio de uno se suma el silencio del otro, se suele decir que el silencio “se puso denso o espeso” y que “se puede cortar con un cuchillo”.
Incluso la palabra escrita requiere de silencios que le dan entonación y sentido a lo que se quiere expresar: no es lo mismo la coma que el punto y seguido. Tampoco es lo mismo la contundencia definitiva del punto final que la ambigüedad esperanzadora de los puntos suspensivos… ¿Qué sería de la poesía sin las pausas, sin los silencios?
Así como alguien dijo que “la vida es una sucesión ininterrumpida de lágrimas y sonrisas, pues ambas somos”, también podría decirse que es una sucesión ininterrumpida de silencios y sonidos.
El silencio denota paz y plenitud. Y hasta puede ser sublime o sagrado. Por lo tanto, quien lo rompa debe estar convencido de que sabrá poner en su lugar algo sustancialmente más valioso.
14 respuestas
ME GUSTO «EL SILENCIO ES LA RAMPA DE LANZAMIENTO PARA EL SONIDO, PERO TAMBIEN SU PISTA DE ATERRIZAJE.»
Y TAMBIEN ES LO NECESARIO PARA PODER ESCUCHAR
Gracias, Guillermo, por la devolución.
Me alegro de que te haya gustado. Abrazo.
Tan preciado el sonido del silencio como la dedicatoria
Muchas gracias, Diego querido.
No hace falta que te diga que la dedicatoria es tan cierta como sincera
Muy bueno. Gracias Dickie por mejorar el silencio.
Muchas gracias, Luis.
Genial análisis.
Muchas gracias…
Mi profe de armónica siempre me hablaba de la importancia de los silencios y el saber utilizarlos. «hay que hacer sonar los silencios» me decía siempre.
El que lo logre tiene un as en la manga.
Entonces, tu profe es un sabio…
Gracias por el aporte.
Muy bueno Dickie, soy un amante de los silencios. Ayudan a pensar y reflexionar. Hay demasiado bullicio en el «ambiente» y poco contenido.
Además me hiciste recordar los tiempo en que escuchaba al Negro Guerrero, cuando trabajábamos en grupo en la facultad. Cuantas cosas significativas aporta el silencio.
Muchas gracias, Mario, por tu aporte.
Evidentemente compartimos la misma mirada respecto al silencio.
Y en cuanto al Negro Guerrero puedo decirte que en mi casa se lo escuchó siempre.
Aprendí mucho con sus comentarios, con la música que elegía y con los cuentos que leía al aire.
Así conocí, en mi adolescencia, a Ray Bradbury, por ejemplo, entre otros autores que el Negro sabiamente elegía para su audiencia.
Abrazo y gracias otra vez.
El silencio a veces me ensordece pero lo necesito
Tu observación me parece atinada e inteligente
Muchas gracias, Negro…
Sí, el silencio puede llegar a ser muy estridente.
Abrazo grande!