A Mads y Bertha, que iniciaron el camino.
Éramos chicos. Yo tendría unos siete años. Había en casa unos cuadros dinamarqueses traídos por mis abuelos paternos cuando emigraron a la Argentina. Uno de ellos era una ilustración en tinta sobre papel sepia, de la Vor Frelsers Kirke (Iglesia de Nuestro Salvador) en Copenhague, que tiene la particularidad de que la escalera caracol para subir al chapitel, que se eleva a noventa metros del suelo, está por afuera de la torre y no por dentro.
El cuadro estaba colgado sobre una de las paredes del living pero ubicado de forma tal que, acostado en mi cama, yo podía verlo desde mi habitación mirando en forma oblicua a través de la puerta del dormitorio.
Cuando puntualmente a las diez de la noche papá nos indicaba que era hora de ir a dormir, nos acostábamos, apagábamos la luz y quedábamos a oscuras. Casi a oscuras, en realidad, porque como la puerta quedaba entreabierta, llegaba hasta mi almohada la imagen semi iluminada del cuadro. Mientras papá y mamá hacían la sobremesa o se ocupaban de tareas domésticas propias de esa hora como levantar los platos y cubiertos, lavarlos, etc., yo escuchaba sus voces distantes y apagadas y solo podía ver, desde la sombra, el cuadro en penumbra allá sobre la pared del living.
La soledad del cuarto, el silencio y especialmente la oscuridad, esa gran generadora de miedos y fantasmas, hacían que en el sopor previo al sueño que se negaba a llegar yo no pudiera sacar la vista del cuadro, o mejor dicho, de una parte del cuadro:

Esa figura de un desconocido enfundado en su sombrero negro, con su cara envuelta en sombras y un garrote en la mano, amenazante, me torturaba. Le tenía pánico. Cerraba los ojos intentando no verlo pero las imágenes que se formaban en mi cerebro eran aún peores: más grandes, más oscuras, más tenebrosas, más cercanas… y en movimiento. Así que los abría nuevamente y al volver a ver el cuadro inmóvil, allá lejos sobre la pared del living, y a escuchar las voces de mis padres que llegaban desde la cocina, respiraba aliviado, recuperaba por un momento la serenidad, me convencía de que todo estaba bien y me disponía a dormir. Sin embargo, al rato el proceso volvía a comenzar.
Mi condición de hermano mayor me impedía confesar frente a mis hermanos menores la pavura que el hombre del garrote me provocaba. En la misma habitación ellos dormían plácidamente, ajenos por completo a los fantasmas que me angustiaban. Alguna vez, en voz baja y en secreto, le confié a mamá que la figura del cuadro me asustaba y me impedía dormir. Ella, con ese amor y esa calidez que solo las madres saben ofrecer, se inclinó sobre mí, me abrazó con ternura y también en voz baja para mantener el secreto me dijo en el oído que no debía tener miedo, que era solo “un hombre cualquiera”. Logró tranquilizarme y me dormí, pero yo sabía que no era un hombre cualquiera. Sabía que estaría acechándome nuevamente al día siguiente y el otro y el otro. Siempre a la noche y siempre en silencio. Esperando. Esperándome.
Con los años aprendí a ignorarlo. Crecí, me independicé, tuve mi propia familia. Mis padres se mudaron dos o tres veces de casa y siempre en algún lugar del living siguió estando el cuadro dinamarqués color sepia, con la aguja en espiral de la Vor Frelsers Kirke y el “hombre cualquiera” parado en la esquina con el sombrero negro oscureciendo su cara y el garrote en la mano. Cada vez que los visitaba yo miraba el cuadro, sonreía en mi interior recordando mis temores de chico y ya no miraba tanto la figura humana sino el entorno: la calle adoquinada, las casas bajas con sus típicos tejados a dos o tres aguas, el templo con su cúpula imponente y soberbia elevándose por sobre todo y esa escalerita metálica envolviéndola osadamente en tirabuzón como queriendo alcanzar el globo que la corona. Una imagen de soledad y misterio, pero también de paz.
De a poco empecé a querer conocer esa calle, ese lugar, esa ciudad, ese país lejano del que emigraron mis abuelos trayendo en alguno de sus bultos, quizás como recordatorio de la tierra querida que dejaron atrás, el cuadro sepia con la iglesia de Copenhague y el “hombre cualquiera” parado en la esquina.
Me preguntaba si la iglesia aún existiría, si la escalera en espiral sería tal como se ve en la imagen, tan temeraria, tan atrevida; si aún sería posible escalarla, alcanzar el globo allá en la cima y ver la ciudad desde arriba. Pensaba también que a mis abuelos Mads y Bertha seguramente les hubiese gustado imaginar que sus nietos desandarían algún día su viaje sin retorno de 1907 para conocer la lejana tierra escandinava. Y soñar además que en ese periplo, entonces eventual e improbable, esos nietos aún sin rostros pisarían su tierra adorada, conocerían a sus parientes lejanos, entrarían a sus casas y aprenderían las costumbres danesas. Que en ese viaje quimérico e ilusorio sus nietos los tendrían presentes a cada momento, los homenajearían a través del tiempo y la distancia, y honrarían el espíritu aventurero con que un siglo antes dos jóvenes de apenas 26 años se atrevieron a dejar absolutamente todo para emprender juntos la aventura de descubrir la Argentina y fundar una nueva familia: la nuestra. Entonces supe que ese sueño osado y utópico que quizás alguna vez se atrevieron a imaginar merecía hacerse realidad.
Finalmente un 26 de mayo estuve allí, en el país de mis abuelos. En esa ciudad, en la misma esquina y en ese exacto lugar. El hombre cualquiera con el sombrero negro y el garrote amenazante ya no estaba. Subí a la aguja con una bandera dinamarquesa en la mano, alcancé el globo, que resultó ser dorado como el sol, y vi la ciudad desde lo alto. Esa noche dormí feliz.


2 respuestas
Feliz de volver a leer este relato, que siempre emociona.
Y qué lindo haber participado de ese viaje tributo y tener la posibilidad de conocer, juntos, esa esquina y esa torre.
Le pusimos color a la ilustración sepia!!!
Ese viaje inolvidable, que por suerte pudiste compartir con nosotros, es un hito en la historia familiar.
Hasta me animo a decir que podría constituirse en inspiración para que otros integrantes algún día nos emulen.
Me gusta imaginármelos viviendo una aventura similar, para seguir poniéndole color al cuadro sepia.
Gracias por tu aporte. Beso grande.