Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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Un juego de maricones

A Juan Carlos Di Lucca, quien -con su insistencia y bajo amenaza- me introdujo en el marvilloso universo del rugby, deporte que practiqué con pasión, me abrió la cabeza y me regaló amigos extraordinarios (junto con algunas lesiones que también supe conseguir).

UNO

–Vos tenés que correr al lado de Alberto, pero siempre uno o dos metros más atrás, sin adelantarte, para que él te pueda pasar la pelota…  –me dijo el Cholo.  Y agregó enseguida, muy serio–   Y cuando la recibas tenés que picar lo más rápido posible, tratando de esquivar a tu marca, hacia aquella bandera para apoyarla ahí.  ¿Entendiste?

El Cholo Caro era un señor semicalvo de unos 40 o 45 años que  intentaba imponer disciplina haciéndose el enojado o el fastidioso, pero cuya cara de bonachón incorregible lo delataba y permitía vislumbrar que disfrutaba enormemente de lo que hacía, que  -además-   lo hacía con gran cariño.   Y lo que hacía era dirigir el equipo de cuarta división de La Plata Rugby Club.

–¡Corré, corré, daleeee!  –me gritaba el Cholo un rato después mientras yo, pelota en mano, aceleraba para apoyarla junto a la bandera y encontrarme así con el primer try de mi vida, en la vieja cancha del bosque platense–   ¡Bien, bien!  Muy bien, asíííí…

Yo acababa de cumplir 18 años y estaba allí contra mi voluntad, traicionando mis más profundas convicciones, que  -me parecía entonces-  eran clarísimas, acertadas e irrefutables.

El rugby me parecía “un juego de maricones” al que yo, encerrado en mi preconcepto,  ni siquiera le reconocía la condición de deporte.  Lo mío era el fútbol y no me entraba en la cabeza que “el jueguito” en cuestión se practicara con una pelota ovalada a la que llamaban «la guinda» (?), y que -además- se jugara ¡con la mano!

Contenido por mis prejuicios, nunca había siquiera presenciado un partido de rugby, que, en cambio, era practicado con entusiasmo por muchos de mis amigos.  Y aunque respetaba sus convicciones, permanecía aferrado a la idea de que deporte en serio, deporte de verdad, era solo el fútbol.

Así que esa mañana de domingo convertí mi primer try sin tener la menor idea de las reglas del juego y casi con desgano, con la íntima convicción de que era la primera y última vez que pisaba una cancha de rugby.

DOS

La historia había comenzado la tarde anterior, un caluroso sábado de febrero, mientras esperábamos turno para jugar al vóley al costado de la cancha del Club de Regatas, en Río Santiago.  De pronto, así porque sí, Juan Carlos  -insistente y persuasivo como siempre lo fue-  resolvió retomar una vez más la charla con que me venía atormentando desde hacía tiempo:

–No entiendo por qué sos tan cabeza dura…  Si nunca jugaste al rugby, ¿por qué no querés probar?   –arremetió nuevamente mi amigo, simulando ignorar una respuesta que bien conocía de antemano.

–¿Otra vez con lo mismo?  No me rompas las pelotas, Juan…  –contesté fastidiado por su empecinamiento en reiterar algo que habíamos conversado infinidad de veces–  Ya sabés por qué… porque no es un deporte en serio.  Lo único que les interesa es hacer facha con las minas, están todos pendientes de la pilcha de moda, los mocasines de Guido y toda esa pelotudez.  A mí dejame con el fútbol…

–No entendés nada  –contestó con cierto gesto de resignación que me hizo pensar que daría por concluido su nuevo intento por convencerme.  Sin embargo, al rato encontró un nuevo argumento y arremetió otra vez–  Todos tus amigos de acá del club, con los que compartís los veranos, juegan al rugby: Julio, Paloma, Juan Miguel, el Nene, Teddy, Pablito, yo…  ¿Qué pensás, que en invierno nos transformamos en otras personas?

–No, por supuesto, pero no me interesa el rugby.  Me gusta el fútbol. Punto.

Iluso de mí, que pensé que podría doblegar la tozudez de mi amigo diciendo “Punto” y poniéndole cara de malo.  Juan Carlos siempre fue  -y lo será hasta el último día-  un hueso duro de roer, un tipo incapaz de aceptar una negativa cuando se propone convencer a otro de algo, cualquier cosa que sea.   Alguien capaz de volver una y otra vez sobre lo mismo, con persistencia y pesadez exasperantes, hasta que termina imponiéndose por cansancio, por agotamiento, por demolición.  Y si no es por las buenas es capaz, también, de ir por las malas, como finalmente constataría yo unas horas más tarde.

–Bueno, mirá  –dijo Juan poniendo fin a la conversación–  mañana a las 10 empiezan los entrenamientos en el Bosque, a las 9 te paso a buscar.  Y si no venís, te llevo.

Esta vez la cara de malo la puso él, pero lo ignoré.  En ese momento se desocupó la cancha y era nuestro turno para jugar.  Me sonreí pensando que por fin me había liberado.  Y que le había ganado un round a mi amigo.

–Te busca Juan Carlos, dice que está con el auto del padre, que te espera afuera y que te apures  –me dijo mamá a las 9 de la mañana del día siguiente después de atender la puerta.  Yo no lo podía creer… 

Recién entonces comprendí el verdadero significado de su “…si no venís, te llevo”, con que la tarde anterior creí haber ganado un round.  Había subestimado a mi amigo y no era prudente volver a menospreciarlo, ignorándolo y quedándome en casa.  La situación había tomado ribetes demasiado serios, Juan había llevado las cosas al límite y estaba dispuesto a todo.  Y enfrentarme con él no era para mí una alternativa viable. 

–Voy, corro un rato, me lo saco de encima y listo… –me convencí a mí mismo.  Así que preparé un bolso con mi ropa de fútbol, bajé la cabeza y salí.

–¡Holaaaaa!  –dijo mi amigo con una sonrisa–  Vamos…

El round que horas antes creía haber ganado, finalmente se lo llevó Juan Carlos.

TRES

A ese primer try del domingo le sucedieron dos o tres más.  Cada vez que mi equipo obtenía la pelota, mis compañeros la hacían volar hacia el wing izquierdo donde yo la recibía y, como era muy rápido y tenía buen estado físico, desbordaba con comodidad a mi marca y apoyaba en el ingoal. 

Al costado de la cancha, el Cholo no dejaba de alentarme.  Cuando terminó el entrenamiento se acercó y, siempre serio y sin abandonar su aparente cara de enojado, me dijo simplemente: “Muy bien, te esperamos el miércoles…” 

Contento con mi debut, halagado por el entrenador y por mis compañeros, y convencido de que “el jueguito” en cuestión era re-fácil para mí, casi sin darme cuenta le respondí que sí, que volvía el miércoles.  Acababa de tragarme el anzuelo.

Y, aunque aún no lo sabía, acababa también de iniciarse una etapa fantástica de mi vida.  En ese primer año jugué casi todos los partidos de titular en la Cuarta, que muy cerca estuvo de salir campeona. A partir del año siguiente integré el Plantel Superior durante catorce temporadas consecutivas, alternando la Intermedia con la Primera, hasta que a los 32 años, agotadas mis posibilidades físicas de seguir jugando, me retiré.

Aquel lejano día de febrero de 1964 me asomé a un universo hasta entonces desconocido para mí, que me regaló infinidad de amigos, me permitió madurar como persona y disfrutar de una etapa extraordinaria de mi vida deportiva.  Sin abandonar jamás mi pasión por el fútbol, el rugby se instaló en mi interior con un entusiasmo y un fervor que me marcaron para siempre.

CUATRO

Muchos años después de concluida mi carrera deportiva alguien me confesó que antes de aquel primer entrenamiento del domingo a la mañana mis amigos le contaron al Cholo de mi caprichosa aversión por el juego, que me habían llevado a la fuerza y que sería muy difícil convencerme de volver otro día.

Y me contó también que el Cholo se sonrió y dijo “déjenlo por mi cuenta”.  Después, antes de empezar el juego, les dio instrucciones precisas a mis compañeros de equipo para que invariablemente me hicieran llegar la pelota a mí, para que fuese yo quien la apoyara en el ingoal…

Aquel anzuelo que cándidamente me tragué el primer día había sido hábilmente armado por el inolvidable Cholo Caro, a quién también le debo  -junto con Juan Carlos–  mi ingreso al mundo del rugby.

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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10 respuestas

  1. Como soy un maricón requeteceloso, vá mi sana envidia para J. Carlos y el total «»repudio»» pero absolutamente cariñoso y de una amistad sin par a mí AMIGO, «» el Dickie= barrabrava agrandado»» al cual el único que lo llama Flaquito es el suscripto y a pesar que me ignore. Gran abrazo a todos!!. Carlos

    1. Jajajaja… Lo bueno de la amistad -entre otras cosas- es que no es posesiva y por lo tanto los celos no existen.
      Más allá de tu ironía que por supuesto comprendo.
      Juan Carlos se lleva las palmas, en este caso, por su extraordinario trabajo persuasivo que me introdujo en el mundo del Rugby, que tanto me regaló.
      Pero vos también tenés lo tuyo: Además de ser el único que me dice ‘Flaquito’ (que no es poco a esta altura), tenemos incontables horas de tenis compartidas, algunas en horarios insólitos como cuando teníamos que esperar que saliera el sol para poder jugar. Y también varias charlas memorables.
      Abrazo enorme, Charlie.

  2. Dickie, esta es una historia que conozco perfectamente, por la que siempre has estado agradecido a Juan Carlos Dilucca. La has contado tan bien… Un abrazo!
    Eddy

    1. Sin duda. Mis afectos más cercanos -y también unos cuantos más- conocen la historia desde hace tiempo.
      Pero tenía que dejarla escrita como constancia y homenaje a quienes la hicieron posible.
      Abrazo enorme. Gracias por tu aporte.

  3. Una historia de las que he escuchado toda mi vida de mis amigos y compañeros vinculados al rugby. Nunca me enganché, a tal punto que incluso tengo algunas dificultades (con el reglamento) para seguir adecuadamente el desarrollo de un partido. No obstante esto, creo entender el valor de esos grupos tan fuertes, tan amigos desde la adolescencia y de los que me hubiera gustado formar parte. Tu relato, además de estar muy bien contado Dickie, me provoca una sana envidia.
    Abrazo grande!!!!

    1. El rugby, Alberto, es una escuela de vida. No digo que sea la única ni la mejor, pero es muy buena.
      Y para quienes la transitamos es inmejorable.

      Casi mágicamente se genera entre los rugbiers una especie de hermandad o fraternidad que hace que, aunque pasen los años y a despecho de nuestras panzas prominentes y rodillas rotas, quienes lo hemos practicado seguimos siendo rugbiers hasta el último día, independientemente de los colores que hayamos defendido. Fuera de la cancha pertenecemos todos a la misma cofradía.

      Que me hayan forzado a ingresar a ese universo es una de los hechos importantes de mi vida. La historia merecía ser contada y los responsables debidamente homenajeados.

      Gracias, otra vez, por tu valioso aporte.
      Mi abrazo de siempre.

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