Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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Viejas postales desde Miami

Postal N° 1: La piscina

Estoy en la gran pileta del Surfcomber Hotel, solo.  Es el mediodía, los rayos solares caen verticales e impiadosos y la temperatura trepa por encima de los 35 grados sin que una mínima brisa venga a refrescar el ambiente. 

Allá enfrente, una pareja de jóvenes (¿luna de miel?) que disfrutan del sol como auténticos lagartos, recibe de la camarera su almuerzo: dos monumentales porciones de pollo frito, con huevos, papas fritas y salchichas, todo regado con toneladas de ketchup y otros aderezos.  Lo devoran alegremente, a pleno sol, mientras algo parecido a las náuseas crece en mi interior…

Del otro lado, una rubia espectacular se prodiga mimos con un negro bastante feo que le embadurna la espalda con aceite.  Esta es una escena que se ha repetido varias veces en los últimos días: chicas blancas muy pero muy bonitas con muchachos negros muy pero muy fieros.  En fin, ellas sabrán por qué.

En el agua, tres cincuentones se divierten increíblemente pasándose una enorme pelota de colores en una especie de juego que aquí hubiera aburrido a cualquier chico de más de siete años.  La toman a dos manos y se la pasan unos a otros durante largo rato, a las carcajadas, sin que yo pueda descubrir el secreto de tanta diversión con tan absurdo pasatiempo (no se les cruza por la mente la posibilidad de pegarle con una sola mano o cabecearla, por ejemplo)

A su lado, otro hombre grande disfruta a lo loco con una colchoneta inflable que tiene la forma de una botella de vodka (¿creerá que está llena y que más tarde podrá tomársela?).  Sobre el costado, un señor mayor, panzudo y con una ridícula gorra de baño, se regocija entretenidísimo con un salvavidas de goma con un primoroso patito amarillo…

Los observo maravillado, casi con ternura.  No temen al ridículo porque lo desconocen por completo.  A diferencia de los negros, los latinos y otras minorías  -a quienes la discriminación ha tornado des­con­fiados, recelosos y herméticos-  aquí los hombres blancos son ingenuos, candorosos, infantiles y desprovistos de toda malicia.

Es increíble que este país no esté aún gobernado por mujeres.

Postal N° 2: Disciplina

Estoy en el downtown de Miami, al mediodía.  Acabo de llegar desde Miami Beach cruzando la bahía por el que para mí es el más pintoresco de los puentes: el Venetian Causeway, construido en 1925.  Paso frente al colosal American Airlines Arena (AAArena), un descomunal estadio cubierto inaugurado en 1999 que finalmente no pude visitar, que se encuentra emplazado en pleno centro frente a la bahía, cerquita del Bayside Market.

La zona está superpoblada de ómnibus escolares amarillos, repletos de chicos con edad de escuela primaria.  Un camión que circulaba delante de mi auto cambia súbitamente de carril (maniobra totalmente desusada en el tránsito norteamericano) e inmediatamente es detenido por un policía, que hace bajar al camionero y  -por los gestos-  le sacude una reprimenda de aquéllas.  Aquí los peatones son sagrados y siempre tienen prioridad; y si son chicos son doble­mente sagrados.  ¿Lo multará?  ¿Lo detendrá?  ¿Lo dejará ir?  No lo sé porque se van a la vereda y los pierdo de vista.

Mientras tanto, otros policías han cortado el tránsito del Biscayne Boulevard y una fila interminable de chicos comienza a cruzar la avenida hacia el AAArena: hay rubios, morochos, castaños y pelirrojos, todos ungidos con la alegría, la despreocupación y la simpleza propias de la edad, y cruzan la calle muy tranquilamente, protegidos por los policías que manos en alto han cortado el flujo vehicular.

Pasan cinco minutos y luego otros cinco y la inagotable caravana infantil sigue cruzando la avenida.  Pasan otros cinco minutos más (¡y ya suman quince!) y los chicos siguen cruzando, como si tal cosa.  Yo no lo puedo creer…   Finalmente, cuando en la vereda no quedan más chicos a la vista los policías dan por fin la orden de restablecer el tránsito.  En todo ese lapso no hubo bocinazos ni quejas ni gestos destemplados de parte de los automovi­listas que  -in­es­perada pero disciplinadamente-  acababan de invertir más de un cuarto de hora de su tiempo para salvaguardar la seguridad general de varios centenares de pibes entre los cuales bien podrían estar los suyos.

¿Qué pasaría si en Buenos Aires se cortara el tránsito frente al Luna Park durante quince minutos para que decenas de chicos puedan cruzar la Av. Madero tranquilos y seguros?

Postal N° 3: Mis vecinos

Cuando bajo del ascensor del hotel, en el segundo piso, me recibe un enorme poster con la imagen de Marlon Brando, espada en mano, en ‘Motín a bordo’,  y recuerdo enseguida que falleció hace pocos días.  A un lado hay otro poster semejante con Errol Flynn en ‘Robin Hood’, con su gorro triangular con una larga pluma, y al otro lado uno de Cary Grant corriendo por su vida en North By Northwest (aquí co­nocida como ‘Intriga internacional’).

El larguísimo pasillo que me lleva hacia mi habitación, ubicada exactamente al final, está decorado con fotografías similares, una al lado de la otra, todas con viejas leyendas de la época de oro de Hollywood.  Todas también, por supuesto, en blanco y negro. 

A medida que pasan los días voy familiarizándome con el viejo John Wayne, previsiblemente ves­tido de cowboy; con la sonrisa socarrona de Clark Gable en ‘Lo que el viento se llevó’; con Elvis Presley, su jopo renegrido y su inseparable guitarra; con la sonrisa alegre de Marilyn y su eterna sensualidad a flor de piel; con otro Marlon Brando mucho más joven que el primero y con el mismo aire rebelde que siempre lo identificó; con la niña Judy Garland en ‘El mago de Oz’; con la bellísima Ingrid Bergman, con James Cagney, Humphrey Bogart, Katherine Hepburn, James Dean, etc, etc.

En algún momento me reí solo, pensando que bien podría yo decir que me alojaba “en el hotel de los grandes artistas”, todos vecinos de mi habitación en el segundo piso… 

Alguna otra noche, mientras desandaba el largo pasillo hacia la habitación 226, descubrí que to­das estas luminarias, sin excepción, están muertas.  Me invadió cierta tristeza y ensayé alguna reflexión acerca de la fugacidad de la vida y la perdurabilidad de los mitos.

Se acerca el final de mi permanencia aquí y estos rostros tantas veces vistos ya se han grabado definitivamente en mi memoria.  Sé que a partir de ahora cada vez que vea sus célebres fotografías, además de recordar sus trayectorias míticas y fulgurantes, voy a recordarlos como mis simpáticos y silenciosos vecinos de mi estadía en Miami…

Postal N° 4: Definición

Anochece y regreso a Miami Beach después de haber andado por Coral Gables, Coco Walk y Key Biscayne.  Como siempre, me doy una vueltita por Ocean Drive, que está a pleno, con toda la gente preparándose para comer o directamente comiendo (aquí cenan muy temprano).  Es un gentío inconmensurable pero tengo el pálpito de que voy a tener suerte… ¡y la tengo!   

Justo cuando paso por la cuadra de mayor movimiento se en­cienden las luces de un convertible rojo estacionado a la derecha, que arranca y se va, ofrendándome generosamente el valiosísimo espacio para estacionar mi auto, mucho más modesto.  Lo ocupo enseguida y me voy a la playa. Es ca­si de noche y ya no hace calor; es el momento ideal para darme un chapuzón desentendién­dome de los rayos del sol que me hostigaron durante todo el día.

Me meto en el mar y me doy cuenta de que no hay nadie en el agua.  No creo ser el único que se está bañando en toda la costa este de la Florida, pero sí soy el único que está a la vista.  La gente camina por la playa o simplemente mira, pero nadie se mete en el mar.  Mejor, más vale solo que mal acompañado, pienso con un dejo de egoísmo.

Hacia el este el cielo es un amasijo tormentoso de nubes gris oscuro que desdibuja por completo la línea del horizonte.  Hacia el oeste, unas nubes fantásticas, de un color rosa inconcebible si no fuera porque está ahí, le ponen el fondo ideal al marco de palmeras por donde se filtran las luces fluorescentes de Ocean Drive.  Una verdadera postal Art Deco.

Y aquí, en el exacto centro de este escenario circular fascinante, estoy yo, haciendo la plancha con mis 20 dedos afuera del agua (no es fácil, eh; hagan la prueba…).

Y mientras floto plácidamente en el agua tibia del Atlántico, lejos del frío que hoy hace en la Argentina, lejos de los Tribunales, de los piquetes, de la AFIP, del tránsito y de los demás padecimientos de la vida diaria nacional, pienso que si es cierto que existen infinitas maneras de definir la felicidad, yo acabo de descubrir una nueva…

Nota: El texto original de estas Postales  -aquí levemente editadas-  integra uno de los capítulos de un libro de circulación privada, exclusivamente familiar, que escribí entre 2003 y 2004, titulado Cartas a Pedro.  Se trata de dieciocho cartas que  -a razón de una por mes-  escribí para mi nieto mayor, desde que nació hasta que cumplió 18 meses.  

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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18 respuestas

  1. Me gustaron mucho tus recuerdos porque de alguna manera me hicieron revivir situaciones parecidas a las que vos narras.
    Como siempre excelentemente contadas y escritas de manera tal que hace que el lector sienta como si las hubiera vivido.
    FDelicitaciones.

  2. Muy buenas postales Dickie!!!!
    Leyéndote resulta sencillo adivinar por dónde vienen los genes periodísticos de tu hijo Máximo.
    Abrazo grande amigo!!!!

    1. Gracias, Mona!
      Durante los primeros 18 meses de su vida yo le escribía a Pedro una carta por mes, desarrollando diferentes temas.
      Las postales fueron una de aquellas cartas.
      En aquel momento me parecía tan lejano el día en que pudiera leeerlas y comprenderlas…
      Ahora tiene 18 años y ya las ha leído hace tiempo.
      Un beso grande para vos y gracias como siempre por tu aporte.

  3. Como siempre muy buenas ensoñaciones, que relatan puntualmente recuerdos vividos y que al lector, le da la impresión de estar ahí, en el mismo momento!! 👏👏👏

  4. Muy interesante como siempre Dickie.Estuve varias veces por ahí,siempre como paso intermedio a otro punto de EEUU. Es casi una etapa obligatoria para gozar del sol y de la playa en un lugar en el que los latinoamericanos nos sentimos particularmente cómodos.

    1. Muchas gracias, Jorge.
      Sí, Miami es muy latina, así como Boston es inglesa y Nueva Orleans es francesa.
      Conozco a estas dos porque uno de mis hermanos, urólogo radicado en USA hace más de media vida, vivió bastante tiempo en ambas.
      Abrazo.

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