Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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Y el piso no me tragaba…

A Carlos, Miguel y el Tano, que me dejaron solo aquel día.

Se terminaba el año.  Mis compañeros, que eran todos del interior, ya habían dejado la ciudad para pasar Navidad con sus familias.  El Tano se había ido a Bariloche, Carlos a Pinamar, Miguel a Mar del Plata, y así todos los del grupo. En La Plata quedaba solo José, que tenía que rendir la última materia que le faltaba para recibirse de Contador Público y por eso no había viajado a su Tandil natal.  Sus padres y hermanos, su novia y algún amigo, en cambio, habían venido desde Tandil a La Plata para el gran acontecimiento de su último examen.

A lo largo de los últimos meses varios de nosotros nos habíamos recibido y los que faltaban lo harían en poco tiempo más.  Era norma en el grupo que cuando uno rendía la última materia de la carrera los demás estábamos allí, para apoyarlo y hacer fuerza desde afuera.  Y para luego participar de la inevitable “ceremonia” de graduación con que compulsivamente se agasaja al recién recibido, más parecida a un castigo o una tortura que a un verdadero homenaje.

Pero a José  -pobre muchacho-  le habían postergado el último examen para el 28 de diciembre y por lo tanto yo era el único del grupo que estaba en la ciudad.  Así que a las 8 de la mañana allí estábamos en la vieja Facultad de Ciencias Económicas, hoy Liceo Víctor Mercante: José con su familia y amigos recién llegados a La Plata, y yo.  En cuanto me vio me agradeció la presencia con una sonrisa forzada y se encaminó al aula donde ya se reunían los profesores que lo examinarían que, a juzgar por la palidez de mi amigo, él seguramente imaginaba como un pelotón de fusilamiento.

Era costumbre de los docentes que cuando uno de los anotados rendía la última materia de la carrera lo examinaban antes que al resto, así que no hubo que esperar mucho.  Antes de una hora de comenzada la prueba se abrió la puerta del salón, apareció José y, todavía muy pálido, con una mueca que intentaba ser sonrisa, dijo simplemente: “¡Aprobé…!”   Su banda de amigos y parientes se abalanzaron sobre él, lo abrazaron, lo estrujaron, lo besaron, y todo era alegría y exaltación.  En cuanto la euforia se disipó un poco, me acerqué, lo felicité y cambiamos unas palabras:

—Grande, José… —dije al abrazarlo—  Vos sabés que estoy solo, ninguno de los muchachos está en la ciudad.  Pero si estás dispuesto, tengo todos los elementos para hacer “la ceremonia”.  Te imaginarás que si no estás de acuerdo no lo voy a hacer porque no tengo interés en forcejear y pelearme contigo.

En condiciones normales jamás se le hubiera consultado al homenajeado si estaba o no de acuerdo con que se lo agasaje con “la ceremonia”.  Simplemente se lo hubiese tomado por la fuerza entre todos y se hubiera procedido: primero la ropa, luego el corte de pelo, luego la harina, los huevos y demás inmundicias, y finalmente el paseo por las calles de la ciudad.  Para nosotros, “la ceremonia” era una demostración de profundo afecto y reconocimiento, que conllevaba cierto aspecto exterior  de agresividad y ensañamiento que el homenajeado debía soportar con estoicismo.  O quizás era una liberación de violencia y crueldad que nosotros disfrazábamos de afecto y reconocimiento, y lo veíamos como algo normal.   

Como quiera que fuese, siendo uno contra uno preferí buscar el consentimiento.  Y lo conseguí.

—Y, sí… dale… es la única vez que me voy a recibir… —respondió José con media sonrisa pero todavía un poco pálido.  Así que enfilamos hacia el patio ubicado al final del largo pasillo: él adelante con su todavía impecable traje gris y yo atrás, con mi bolsito con todos los implementos.  A cierta distancia nos seguía toda la comitiva llegada de Tandil que no entendía muy bien de qué se trataba la cosa pero mantenía prudente silencio y expectativa.

Una vez en el patio, saqué primero la tijera y, con extrema precaución para que no quedara superficie sana, fui cortando en tiras, primero el pantalón, luego la camisa, después el saco.  Todo con mucho cuidado para que el pantalón se mantuviera en su sitio sostenido por el cinturón, pero desde la cintura para abajo quedasen solo jirones de tela que dejasen a la vista las piernas peludas de José y también, por supuesto, el calzoncillo. Con un par de cortes, hasta los mocasines marrones quedaron convertidos en dudosas pantuflas.

—¡La corbata, no!  —gritó de pronto José intentando protegerla con su mano— ¡Era de mi viejo, la quiero guardar de recuerdo!

—La guardás cortada, José… como recuerdo sirve igual… —dije mientras retiraba su mano y de un certero tijeretazo la cortaba al medio.  En ese momento, a mis espaldas, alguno de sus hermanos debe haber hecho algún amago de intervenir porque José miró al grupo por encima de mi hombro y dijo:

Está bien… no hay problema… tranquilos  —Yo por las dudas ni lo miré para que quedara claro que era una cuestión entre José y yo.  Los demás eran meros espectadores inhabilitados para intervenir.

Cuando de su ropa quedaron solo harapos, apenas unos colgajos de tela que permitían adivinar que allí antes hubo camisa, corbata y traje, comencé con el pelo.  En los meses anteriores habíamos desarrollado una técnica especial para que el corte de pelo fuese irrecuperable para el homenajeado. Consistía simplemente en hacer con la tijera cortes bien al ras justo por encima de la frente, donde comienza el cuero cabelludo, y luego otros más, también muy al ras, en tres o cuatro puntos de la cabeza, de manera que se formasen “manchones” blancos de piel casi sin pelo.  Ningún peluquero, por avezado que fuese, podía remendar eso, lo que conducía a la ineludible necesidad de tener que rapar por completo la cabeza de la víctima.

Acto seguido, pasamos  -pasé-  a los huevos, la harina y algo de pintura, siempre volcándolo sobre la cabeza para que chorrease por el resto del cuerpo.  A esa altura uno de los amigos de José se acercó y con un tímido “¿Puedo…?” colaboró espontáneamente con el espolvoreo de harina.  El tipo había comprendido el sentido del acto y quiso ser partícipe y no espectador pasivo. Bienvenido fue.

Agotados los ingredientes y mi amigo ya convertido en una verdadera asquerosidad andante decidimos suspender el paseo por la ciudad. No había quórum para hacerlo y yo no estaba dispuesto a pasearlo solo como si fuese un perrito. Así que José se fue a la casa de su novia a bañarse y cambiar su ropa y los demás nos fuimos a tomar un café.  Faltaba más de una hora para que la mesa examinadora se levantase y dieran a conocer el listado con las notas.

Cuando finalmente eso ocurrió José ya estaba de vuelta con nosotros.  Había perdido su palidez y se lo veía rozagante, con ropa limpia, perfumado, y muy feliz de haber superado el último peldaño de la carrera universitaria.  Solo su cabeza permitía adivinar que algo extraño le había ocurrido: enormes manchones de piel blanca aparecían en diferentes lugares de su cuero cabelludo y en ese momento reparé que tal vez en mi entusiasmo se me había ido un poco la mano ya que no eran solo tres o cuatro sino unos cuantos más.

Finalmente, se abrió la puerta del salón, los profesores se retiraron y el secretario de la facultad se dispuso a leer el acta con las notas que cada uno había obtenido. Y fue entonces que lo que no podía ocurrir, lo que ninguno había imaginado, lo absolutamente imprevisible, sorpresivamente ocurrió: el secretario leyó uno por uno los nombres de los que habían rendido examen y a continuación, la nota obtenida.  Cuando llegó el momento crucial, pronunció el apellido de José, luego su nombre, y dijo secamente: “Tres”. 

Una avalancha de hielo se derramó sobre todos y nos aplastó.  El mínimo para aprobar, como se sabe, es cuatro.  Y es una norma no escrita  -pero real-  que nunca los profesores califican con “tres”.  Si se aprobó, es “cuatro”, “cinco”, “seis” o lo que sea; y si se desaprobó es “uno” o “dos”, pero nunca “tres”.  Pues a mi amigo José le pusieron “tres” el día en que debía recibirse.

No puedo saber qué sintió José en ese momento porque yo mismo estaba demasiado conmocionado como para preocuparme por él.  Yo solo quería que en el piso de la facultad se abriera de pronto una enorme grieta que me tragase entero, que me hiciese desaparecer para siempre y sin la compañía de nadie. Pero el piso no me tragaba…

Allí estaba José, otra vez blanco como un papel, pidiéndole al secretario ver con sus propios ojos el fatídico “tres” con que los desalmados profesores habían calificado su examen.  Allí estaba el secretario, exhibiendo impasible el libro de actas y mirando atónito los manchones de piel blanca en la cabeza de José.  Allí estaba yo, seguramente pálido como mi amigo, esperando en vano la grieta que no se abría en el piso.  Y allí estaba también toda la comitiva tandilense que seguía sin entender nada de lo que ocurría y a la que la culpa que yo sentía me impedía mirar de frente.

En cuanto logré acercarme, murmuré como pude: “José, no sé qué decirte…”

Está bien…  —me miró con sus ojos inundados de impotencia y lágrimas, y balbuceó, todavía incrédulo—.  Yo te dije que había aprobado…

Su voz quebrada era casi inaudible pero fue suficiente como para que alguno de sus amigos escuchase y comprendiese que el villano no era yo, sino quien puso el “tres” en la planilla.  O, en todo caso, que el error había sido del propio José al considerar que había aprobado el examen.

Tres meses después, en la ronda de exámenes de marzo, mi amigo salía del aula con una gran sonrisa iluminándole la cara y casi gritando “¡¡Ahora sí, carajo…!!”  Esta vez estábamos todos; lo abrazamos con enorme alegría, lo felicitamos, y  -por supuesto-  nadie siquiera insinuó la posibilidad de hacer nuevamente “la ceremonia”. 

José lucía un traje nuevo, se había rapado la cabeza y el cabello le crecía en forma pareja.  Ya no quedaban rastros de las ignominiosas manchas blancas que yo le había infligido.  Y el piso de la facultad continuaba intacto.

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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10 respuestas

  1. Es buenísima esta anécdota! Increíble pero real!!!!
    Un alivio para José, saber que todo lo vivido ese día, al menos dio origen a esta gran historia!!!

    1. Muchos momentos duros, recordados con la perspectiva del tiempo se convierten en simples anécdotas.
      En este caso, tanto José como yo la pasamos muy mal (el mucho peor, por supuesto), pero después siempre lo recordábamos con una sonrisa.
      Gracias por el comentario.

  2. Atrapante historia, de algo que nos sucedió a todos los que nos recibimos. Lo notable primero, la descripción que hiciste es genial, lo segundo es estar solo y llevar adelante la ceremonia habitual, cortarle la corbata del padre y lo peor haber sido reprobado.
    Muy bueno, yo hubiese salido corriendo

  3. Dickie, como te comento en un WhatsApp, mi última materia en medicina tuvo algunos ingredientes calcados de la historia de José. Encontraste muy bien la forma de relatar ese drama poniéndole toda la gracia que cobra con el paso del tiempo. Felicitaciones!!!!!

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