Ensoñaciones

by Dickie Randrup

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El desfile de vacas

«Toda memoria es una cronología del olvido. Cuando echamos la vista atrás vemos, como si estuviésemos en medio de un desierto abrasador, a través de los fulgores de una reverberación.  Son apenas esquirlas del recuerdo. Eso que creemos que es el pasado (nuestro recuerdo de ese pasado y de lo que fuimos) es apenas lo ‘entrevisto’. Una parte de ese pasado se nos ha ido para siempre.  La literatura, nos trae otro espejismo: el del tiempo recobrado.»

[Víctor Hugo Ghitta: Una entrevista con el pasado; La Nación, 9/5/17]

Hace poco hablábamos de los recuerdos increíbles, esos que se refieren a “acontecimientos que sin duda he vivido, que tengo muy claros y nítidos en mi cabeza (…) como para tener la total seguridad de que son reales, aunque vistos con la perspectiva actual hoy parezcan absolutamente inverosímiles.”

Hoy recordaré otro episodio de ese tipo: El desfile de vacas

Desde que nací hasta fines de 1965 viví en calle 1 entre 47 y 48, frente a la Facultad de Ingeniería.  Fueron casi veinte años que abarcaron desde mi primera infancia hasta el fin de la adolescencia, que por aquel entonces concluía, a más tardar, a los 18 o 20. 

Allá por la década del 50 La Plata era una ciudad tranquila donde la vida transcurría parsimoniosa y en blanco y negro.  Eran años de tránsito escaso y lento sobre los rigurosos adoquines grises de la avenida 1.  Esos mismos que llegaron como lastre en los barcos que luego regresaban a Europa cargados de carne y trigo, y fueron utilizados desde la fundación para empedrar las primeras calles de la ciudad.

El mayor ajetreo era el de los tranvías que pasaban raudamente por la puerta de casa, pero estábamos acostumbrados a convivir con su presencia permanente y no los considerábamos un riesgo.

Desde muy chicos cruzábamos continuamente la avenida para jugar a la pelota en los jardines de la facultad o en las canchas del Colegio Nacional, y hacíamos los mandados en bicicleta sin peligro de accidentes o robos.  Las anchas veredas, con sus plátanos enormes, eran nuestro lugar de encuentro y donde desarrollábamos todos nuestros juegos.

La  bucólica quietud del barrio era sacudida cada tanto cuando un par de domingos al año la calle 1 se convertía en el escenario inevitable del temido paso de la hinchada de Boca, que llegaba a La Plata en tren y camino al Bosque arrasaba con todo lo que encontraba a su paso.  Era tal la devastación que producía la horda que cuando se acercaba  -tanto de ida como de vuelta-  todo el mundo se metía en sus casas y apenas podíamos espiar a través de las persianas o las puertas entreabiertas. 

Quienes tenían auto lo estacionaban a la vuelta de la esquina o sobre la calle 2 porque de lo contrario corrían serio riesgo de ser dañados por los émulos de Atila.  Hasta los cajones de basura había que esconder porque los vándalos destruían absolutamente todo. 

Cabe aclarar que en aquella época la basura se sacaba a la calle en cajones de madera (¡faltaban varios años para que llegasen las bolsas de polietileno!).  Generalmente eran cajones de manzanas de Río Negro que se conseguían gratis en la verdulería, y se forraban por dentro con papel de diario para que los desperdicios más chicos no se escurrieran por los resquicios entre las tablas.  Todas las noches pasaba “el carro de la basura”, obviamente tirado por caballos, y “los basureros” descargaban en su interior el contenido de los cajones, que luego volvían a dejar en la vereda junto al árbol.

“¡Pasó el basurerooooo!”  –gritaba algún vecino–  y mamá nos daba la orden de salir a la vereda a buscar nuestro cajón “antes de que se lo roben…”

Por esa misma calle 1 vimos pasar, más de una vez, al entonces presidente Perón enfundado en su uniforme de gala y montando un formidable caballo blanco, acompañado por Evita y el gobernador Aloé, quienes regalaban muñecas y pelotas de fútbol a los chicos que se acercaban a su paso… y entre los cuales obviamente yo no estaba.

Los tranvías, que iban y venían hacia y desde la estación del ferrocarril que estaba (y sigue estando) a tres cuadras, en 1 y 44, y era la vía de comunicación más fluida con Buenos Aires y ciudades intermedias, eran también objeto de nuestros juegos y diversiones. 

Por la calle 1 el tranvía llegaba a la estación del ferrocarril.  Allí, en la intersección de las calles 1, 44 y Diagonal 80, el tránsito era dirigido por un policía desde una garita, a 2 metros sobre el nivel de la calle.

De chicos poníamos cohetes o petardos sobre las vías para que explotaran al paso de las moles metálicas.  Y ya un poco más grandes, y menos inocentes, aprendimos a preparar una mezcla de clorato de potasio y azufre (que comprábamos en la farmacia), la poníamos dentro de una pequeña latita  -que podía ser de betún, por ejemplo-  y, entonces sí, cuando era aplastada por el tranvía, la explosión era verdaderamente descomunal, fantástica… 

El escándalo que se armaba post-estallido era proporcional a la magnitud del estruendo.  Se detenía el tranvía, el motorman  -así se llamaba al conductor-  bajaba a revisar los presuntos daños en la máquina, y también lo hacían el guarda y hasta algunos pasajeros, todos furiosos por nuestra afrenta pero también pálidos por el susto…  Y como nosotros ya habíamos desaparecido de la escena, tocaban timbre en nuestras casas para quejarse. 

Como ya conocíamos de antemano el final de la historia optábamos por poner toda la mezcla explosiva en una sola carga porque sabíamos que no habría segunda oportunidad: todos adentro, en penitencia… ¡hasta la próxima vez, claro!

Cuando por alguna misteriosa razón un tren que debía llegar hasta la estación de cargas (en calle 50 y 121) sólo llegaba hasta 1 y 44, el trasbordo de las cargas debía hacerse por otros medios y el paso obligado era nuestra calle 1.  El problema se presentaba cuando la carga transportada era ganado en pie, generalmente con destino final en los frigoríficos de Berisso. 

Y así fue como en algunas ocasiones  -no muchas, pero suficientes como para quedar grabadas en mi memoria y también en las de mis vecinos-  hemos visto pasar por la puerta de nuestra casa una colosal manada de vacas, que eran arriadas por el medio de la calle por cuatro o cinco gauchos a caballo y varios perros. 

Por supuesto, esto ocurría sin previo aviso así que los animales irrumpían sorpresivamente por la avenida, a todo galope, aterrorizando a cuanto humano hubiera cerca y espantándose, a su vez, de todo lo que aparecía a su paso por ese extraño y hostil paisaje urbano.

Nunca estuve en la Fiesta de San Fermín,  cuando sueltan los toros por las calles de Pamplona, pero quizás no haga falta.  La imagen  -hoy impensable-  de las vacas desfilando al galope por la calle 1, esquivando autos y tranvías mientras todos corrían para no resultar atropellados por las bestias, está nítidamente enclavada en el medio de mi cabeza desde hace más de sesenta años…

A Eduardo Carreras, amigo de toda la vida; testigo y compinche de los hechos que aquí relato.

Nota: El texto original de estos Recuerdos increíbles  -aquí levemente editados-  integra uno de los capítulos de un libro de circulación privada, exclusivamente familiar, que escribí entre 2003 y 2004, titulado Cartas a Pedro.  Se trata de dieciocho cartas que  -a razón de una por mes-  escribí para mi nieto mayor, desde que nació hasta que cumplió 18 meses.  

Dickie Randrup

Dickie Randrup

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12 respuestas

  1. Nunca supe que hubiera sucedido esto que tan bien relatas.Lo de las bombitas en la vía del tranvía,en mi caso el 14,en la calle 40 entre 7 y 9,las bombitas se fabricaban con los mismos productos que se ponían en el interior de las tapitas de cerveza entre el corcho y la chapa.
    Felíz clásico!

    1. Sin duda lo de las vacas es algo poco conocido o recordado, y bastante increíble, pero repito una vez más que es rigurosamente cierto.
      Algún testigo aparecerá para refrendarlo…

      Lo de la mezcla explosiva en las chapitas de cerveza era tal cual vos lo describís.
      Pero cuando queríamos un estallido realmente importante, que generalmente terminaba con escándalo y penitencia, la lata de betún era incomparable…
      Gracias, Jorge, por tu aporte.
      Abrazo grande.

  2. Hermoso relato … volví a recordar esa famosa calle 1 donde la recorría con mi hermano Raul en bicicleta , para llegar a la pileta del club Estudiantes ! Gracias Dickie por estos recuerdos …

  3. Dickie. Muy lindo recuerdo maravillosamente relatado. Te hace retroceder en el tiempo y encontrar en el cofre de la memoria hechos, lugares y circunstancias tambien experimentadas y recordadas.
    Felicitaciones.

  4. Dickie yo viví más de veinte años en 1 y 64 , menos el arreo de vacas, fue exactamente cómo lo describis, por suerte tampoco sufrí a la hinchada de boca, me llevaste a la niñez con recuerdos imborrables, muchas gracias.

    Se dice arreo?????

    1. Gracias, Jorge…
      Claro, por tu barrio no pasaban las vacas ni tampoco las hinchadas que bajaban del tren y enfilaban para el Bosque.
      Pero en todo lo demás seguramente hemos vivido experiencias muy similares: la pelota, la bici, los tranvías, treparnos a los árboles de la vereda… todo eso tan lindo que de chicos nos marcó para siempre.
      Abrazo grande y gracias por tu aporte.

  5. Dickie, en caso de que algún lector pensara que tu imaginación se ha expandido y tu memoria se ha contraído, salgo en tu defensa. Hay que tener en cuenta que solo los platenses que vivíamos en calle 1 (avenida 1, Joaquin V Gonzalez) entre la Estación del Ferrocarril y el Bosque veíamos estos transbordos de animales. Yo recuerdo también caballos pasando al paso o al galope arriados por gauchos de vestidura típica, que iban desde la Estación hacia 1 y 50 o 1 y 60, donde doblarían hacia el Bosque, seguramente, pero nunca supe con certeza el destino final. No ocurría muy seguido, tal vez una vez por ano o menos, y no se anunciaban al publico. Ya de mas grandes, no los vimos mas. Nunca escuche de ningún accidente o lesionado con estas manadas.

    1. Gracias por tu aporte al espacio, y gracias también por salir a testificar en favor de mi relato.
      Yo francamente no recuerdo a los caballos pasando en tropilla por la puerta de casa, pero sí -perfectamente- a las vacas tal como lo relaté en mi texto.

      Esa calle UNO era fantástica: chicos de departamento, como éramos, teníamos como lugar de expansión la calle y, por suerte, los jardines de la facultad de Ingeniería enfrente y las canchas del Colegio Nacional un poco más allá. Era el lugar de nuestros juegos desde muy chicos y la sentíamos «nuestra».
      El barrio cambió mucho desde aquella época, pero cada vez que paso por allí miro todo en detalle y un lagrimón de nostalgia me acaricia el alma.
      Abrazo enorme.

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