
Un juego de maricones
A Juan Carlos Di Lucca, quien -con su insistencia y bajo amenaza- me introdujo en el marvilloso universo del rugby, deporte que practiqué con pasión,

A Juan Carlos Di Lucca, quien -con su insistencia y bajo amenaza- me introdujo en el marvilloso universo del rugby, deporte que practiqué con pasión,

«Quizá la felicidad sea eso, un instante donde estar, un momento cualquiera en el que las palabras sobran porque se necesitarían demasiadas para poder contarlo.»

La magia no existe -dijo el matemático- es solo ignorancia de las causas. El poeta sonrió. Y le mostró una flor. El mago del momento

Al piloto aquel… A medida que avanzamos por la vida cambiamos imperceptiblemente la orientación de nuestras antenas. Al principio, cuando somos jóvenes, toda la atención

A Guica, que sigue estando. En 1980, cuando ya no podía jugar más al fútbol ni al rugby, recalé en el tenis. Con 20 años

A Federico Randrup, capaz de decir, enojado: «No soy yo cuando me enojo, te como las amígdalas; tardo tres segundos en matarte…», y sin embargo

A Jorge Sbarra. Mi primo, mi hermano, mi amigo. A poco de recibirnos en la Universidad, mi amigo Martínez y yo ingresamos como becarios en

A Carlos, Miguel y el Tano, que me dejaron solo aquel día. Se terminaba el año. Mis compañeros, que eran todos del interior, ya habían

«¡Vale!, dijo el Gato, y esta vez se desvaneció muy paulatinamente, empezando por la punta de la cola y terminando por la sonrisa, que permaneció